“Lo primero con lo que comienza el comprender es con que algo nos habla. Ésta es la primera de todas las condiciones hermenéuticas. Y ahora sabemos lo que con esto se pide, a saber, una fundamental suspensión de los propios prejuicios.
Toda suspensión de juicios, y sobre todo la de prejuicios, tiene, vista lógicamente, la estructura de una pregunta.”
¿A qué hago yo aireándome las intimidades, y lo que es más, a qué carallo hago yo desollando pulgalabros malgastando el tiempo de los ojos que cohabitan el cuerpo en cuyas manos depositaré las presentes mecanografías desolladas?
Comprender-me-te-le-les-os-los.
“Nure, en esperanto, significa: sólo, únicamente.”
Preferiría no amanecer justificando líneas, pero, por una vez, esta, hallo especial gustirrinín en contextualizar-las.
“No hables de la rosa, hazla florecer.”
En viniendo siendo este primer capítulo, en su principio, la banda escrita del cd que recopilé la semana pasada, me he visto envuelto en unas terribles ganas de complementar susodicho torrente metalero con las pulgalabras que aquí escrixisto, también metaleras… Apropiado, aunque innecesario, sería aclarar que metalero no es sinónimo ni de evangelista, ni hermenéuta, ni Padre de Iglesia, ni filósofo, ni teólogo, ni filólogo, ni traductor, ni predicador, ni historiador mágico o lógico, ni misionero, ni Papa, ni pope, ni cura, ni apóstol, ni gurú… metalero significa metalero, e cosí.
Pero no quisiera yo correr aportando tesitura; de momento, si el cd ya está sonando, los anales de la historia nos deberían estar esperando para remontarlos a lo atrás de nuestros ancestros, a lo muy atrás, situarnos allá cuando todavía, si acaso algún día fue, era Dios (me refiero a la deidad que plantó cara a Ihavé para liberar a las estrellas que este había encarcelado y que ahora iluminan la sonrisa insurgente de cuantos se esconden al sureste de sus pensamientos) artífice de los designios abajo en la tierra. Así, sin ganas de liar demasiado el tránsito al pasado, Therion introduce el cotarro contando y perversionando los ardores de Sodoma y Gomorra… Algún día perfeccionaré esto de las bandas escritas sincronizando el momento en el que las pulgalabras saltan a los ojos de quien lee atándoles la cola con las notas que planean desde el audio… ahora, por ejemplo, peta en el 01:04…
La otra cara del mito, que comienza a desvelar, ya, parte del origen: el otro lado de la Perspectiva, una Dimensión de más… “Buh! Buh!” me increpo ante mi agosaramiento, “Eso viene siendo algo facilón y tramposo…” y sigo censurándome: “La Perspectiva va a quedar demasiado a la deriva en manos de unos y otros, no va a ser, por reversionadísima, válida para agarrarse en ningún arranque de banda escrita abarcable humama o aristotélicamente.” ‘The Cry of Complaint(=sumisión) of Sodom and Gomorrah yes, it’s loud and their sins (=pecados) are heavy’… mejor concluyo esta vereda que vuelan, desde el audio, otras notas…
La modestia, vieja y pelleja, que me acompañó desde que era un niño gordete cuatro ojos y capitán de los piojos, ha macerado mediante años de soledad, embotijada en mi caverna interna, y ahora, pasado el devenir del tiempo, un elixir púrpura se ha destilado y ya está listo para tomarse… mi vieja modestia sublimó hasta transformarse en onírica obsesión por la vida que, cuando me excedo en la dosis, me sume, me resta, me multiplica, me divide y me compleja en estados de punto: en los que yazgo inmóvil e inerte padeciendo un profundo estado de Sick of my life (segundo track de la banda escrita) meciéndome en delirios dibujados por las coloridas sombras que se aguardan a la entrada de mi caverna.
Estos estados de puntome duran un ciclo de fénix. Luego me queman el yo y me reducen a cenizas. De ahí me reencarno, habitualmente, con resaca vital en cualquiera de sus acepciones, desde las débiles hasta las fuertes, pasando por las: “jo! Es que no me apetece!” y por las: “sacabó, nunca más!…” el hastío vital que me clama compañía humana casi servicial, la constante necesidad de posesión espiritual escondida tras don Amorodio de las Soledades, doña Desidia y don Encrapulamiento me ahogan la confianza en mí. Estados de desánimo derivando en mísera impotencia inmovilizadora frente a mi capacidad de hacer, decir o pensar. Enfermo de mi vida, harto de cualquier empresa con la que me pudiera comprometer; ojo! un matiz: me inhiben cualquier acción más allá de sobrevivir. Hasta ese grado de acción, supervivencia pro: “mantenerme vivo para reproducirme”, las voluntades de Gea me han tomado el yo.
Una indefectible condescendencia con Gea y sus obligaciones para con mi ser psicomotriz me convierten en organismo en movimiento. No soy por tanto, un hombre brotado en el bancal de algún humano. No soy una mente incapaz de gobernar su materialidad. Me percibo como un animal humano gobernado por el Tao hasta abdicarle, al gobernador del Tao, y regirme por Simplicidades Primordiales; ni siquiera me atrevería a honrarme con describirme como humano animal: nure un animal, con una fehaciente humanidad (“que hace con fe humana unidad”) que rige mis instintos. Hace poco, cuatro o cinco ciclos atrás, hallé mejunge poético para esos diems en que Gea anda ocupada y no acude a mí con su soplo vital: dudar y un zumo de naranja. Pero no dudar en el infinito, ya sea racional o irracional, sino dudar entre Vivir o Morir; algo así como duda un imán dentro de una bobina de cobre; dudar, dudar sin parar, y extraer, sin resolver, la duda de mi mente y simbolizarla en la materialidad ya como escriVividor ya como escriMoridor; intensificando mi harmónica adrenalina, durante el acto creador del símbolo, hasta llevarme a ser un Animal Combativo (tercer track).
Dahí saco, como buen metalero, la fe para enderezar las rodillas una y otra vez. Del combate, el combate justo (ese que vence quien se vence a sí mismo en primer lugar) me surgen las fuerzas para alimentar el ingenio, y sobre todo, de ahí, me salen las fuerzas para afirmar que de ahí me salen las fuerzas para alimentar el ingenio; ingenio porque, y este fuerce dialéctico lo llamo el pulgason, el ingenio queda preso, por recursividad, de la prepotencia que lo presume y no lo facta… pero vaya, nuevamente furulleando, atracando la banda escrita de descripciones filopraxíticas, alejándome del punto de partida a fuerza de girar la tuerca otra vuelta más… Tampoco eso, atornillar, es lícito a estados oscuros de resaca provocados por el consumo desmesurado de onírica obsesión por la vida, nure de la modesta transición.
Para acabar de rematar el génesis de esta banda escrita, añado, junto a un “no, es que no me gusta hablar de mí” un “descubrí dentro de mi ser rasgos existenciales preponderándome”; propiciados en mi Haber (ná que ver con el Tener o Ser) por causas estrictamente temporales: tuve que decantarme hacia mi vertiente espiritual por supervivencia, esto es, me moldeó la voluntad de Gea acotada, manifestada, en un espacio-tiempo determinados. Con esa decantación pude alejarme de mi época; lo hice en cortos viajes sin traspasar jamás el “punto de no retorno”; salvo en una memorable ocasión cuyas cicatrices hoy limitan mis actos, mis dichos y mis pensamientos. Anduve explorando, a conciencia, una hipotética Gea regida por el Tao aliñada con especies gnósticas cosechadas aquí y allá. La desintegración, protegido en un bunker, de estas aventuras oníricas y una tenaz obcecación ilusa, me descubrieron, al fin, tierra nueva:
Mi nave atraca, con esta banda escrita, en una misteriosa dimensión humana, la OtrA Era; por la que me dispongo a navegar sin remos, nure velas henchidas por la fe.
Me vengo a mis trece: para no enredar, lo mejor es dejar de manosearlo todo, en concreto dejar de manosear las pulgalabras… y ya bien sabe el conocimiento local de este escriVividor o escriMoridor, que cuando las pulgalabras se quedan sueltas, como ahora va a acontecer, yo quedo preso atrás, atrás, en el fondo de la labrada, apenas responsable de moderar el exceso de volumen del pulgason con el que tejan las pulgalabras liberadas… en fin, que me dejo de rollos no?…
Que el mundo postmoderno -éste en el que los humanos occidentales hemos montado nuestra sociedad- es Racional, contituye, a mi parecer, meramente un tópico. Un nimio ripio. Y no sólo eso, sino también uno de los más habituales equívocos del “hombre egoico”. Quien presume su contexto como universal y válido para todos. Sin embargo, y esto desarrollaré seguidamente, el “humano ecoico” y el “alma del humano”, afirmo, también son postmodernos pero en absoluto racionales.
Creo que los tres: “ego, eco y alma” son manifestaciones de la psique. Y a la comunión de la terna (no necesariamente en proporciones equitativas ni tampoco de modo armónico) con la inicial mayúscula, igual como se hace con los nombres propios, me gusta llamar Yo -puesto que, hoy día, el ego tiene tomado (a modo fascita) el pronombre yo-.
Observo, de forma mucho más que palpable, una clarísima inclinación, u obcecación, o dominación del ego en la esfera social actual. Tal y como Dios, y en particular su reflejo: el Demonio, tuvo aprisionadas las psiques de los humanos medievales y renacentistas, los humanos ilustrados dieron a luz otra modalidad de jaula: la Razón. No niego un balanceo -un toma y daca de “ahora me jodo yo, luego te jodes tú”- en el foco de “origen del poder”. Logosfera y Teosfera, noche y día del ego, vienen compitiendo desde mucho antes que Cristo diera las 3 voces. La feroz lucha entre el hombre pobre y el hombre rico, o el finito y el infinito. La Noosfera, en gran parte germinada en el Oriente, en mi opinión, significa, para el hombre postmoderno, algo así como la respuesta al mítico “POR QUÉEEEEE?” vociferado, con una mano tapándose el rostro y con la otra equilibrándose en la cornisa de un precipicio, a pleno pulmón y fenecido en un lamentable quejido de los pulmones ya exhaustos que, no pocas veces, acaba por quebrar, como un rayo el cielo, el aguante humano.
Creo que al Yo lo componen tres esferas. Al menos, si no al Yo del homo sapiens, sí al del homo Universalis. No pretendo afirmar la presencia de estas esferas, a modo de “manifestación de la psique en el mamífero homínido”, en el 100% de la población. Pero sí, al menos, en el Yo de casi el 1 % del conjunto: Logosfera, Teosfera y Noosfera.
Creo que estas 3 representaciones poiéticas (“vivas”) del Yo: Ego, Eco y Alma, son consecuencia de la identificación exclusiva de la psique en alguna de las tres esferas. Tan claro como que el cuerpo orgánico es su “identificación” en la Biosfera. Aunque el nombre usado para referirse a ellas es lo de menos. La primera se origina fisiológicamente en el hemisferio izquierdo del cerebro. La segunda en el hemisferio derecho y la última emerge consecuencia de la actividad simultánea de ambos.
Creo que la “manifestación” del Ego únicamente puede suceder entre la Logosfera y la Teofera. Y sólo como “un sistema racional” – lógico, teológico, etc.- que pueda “usar” la psique. Ejemplos son la Ciencia y la Religión: formas de razón. Aquella paradigma base de la Logosfera y ésta paradigma base de la Teosfera.
Creo que la “experiencia” del Eco sólo puede apreciarse entre la Logosfera y la Noosfera. Como “conziencia”. La psique “siente” su propia existencia como entidad individudal. Identidad basculando en términos de inifinito o vacío. Nunca de finito.
Creo que el Alma se sostiene creando la distancia entre la Noosfera y la Teosfera. El Espíritu se extiende en ese espacio que ocupa el Alma: rellenándolo, y la psique puede recuperar de él, a modo de memoria, la existencia transcurrida de forma independiente a ella, como unidad individual conziente de sí misma asimilando material externo a su estructura propia.
Creo que una especialización positiva – o concreción en la Biosfera, o acto, o hacer del ser, … – del Ego es aquello que entiendo por “oficio”. Del Eco, “artesanía”. Y para el Alma “arte”.
Creo que “aire” será como llame a mi psique durante sus estados de egemonía egoica, vacilando entre la Logosfera y la Teosfera. Llamaré “devenir” a aquellos estados cumbres de comunión ecoica entre la Logosfera y la Noosfera, y “noumen” a aquellas experiencias en las que mi psique se disuelva, como un azucarillo, en el oceáno del Espíritu que, como la corteza de Gaia hace con el océano Ártico, Antártico, Atlántico, Pacífico e Índico, alberga mi Alma.
Así me dije una vez:
“Me voy!. Y si es de bien nacido el ser agradecido, gracias: me voy!”
Cuántas veces me arrepentí, después, de no haberlo hecho mucho antes. Pero, al fin, lo hice: me fui. Me tiré al río. Todos los ríos arrastran a la mar. Da igual de qué montaña hayan nacido. Salté adoptando la posición del Cristo. Caí de culo, empero.
Braceé, chapoteé. Nadé, buceé. Me hice el muerto.
No sé, aún, muy bien qué lugar ocupará este escrito dentro del resto del entramado. Si estas letras, que no tienen por qué, caen en manos de extraños -o conocidos- con jurisdicción suficiente como para dictaminarme, encajarme, diagnosticarme una patalogía cualquiera del dsm4 aquí volveré, en las citas, o visitas, o vistas, o sesiones, o consultas una y otra vez de forma recursiva. Infinita. Me curo en salud afirmando, después de afirmar que me fui, rio abajo, a la mar, que yo no he “visto” nada.
Soy corto de vista. En el sentido de necesitar desviar la imagen que veo mediante unos cristales para poder ver normal. A la deriva, mis gafas se me cayeron pronto. Además tampoco serían útiles mojadas. No vi nada. Lo prometo. Estuve allí lo que aguanté físicamente. Insisto, me sumergí, floté, dancé, contorneé en el líquido primordial. Pero no ví seres, formas de vida.
Pude, habituándome, notar la consistencia del lugar, isolado por la mar, al cual arribé. Como naúfrago. Por causualidad. Como tuareg, harto de tragar arena que troba, por causualidad, oasis repletito de agua pero al revés. Agua, agua, agua y de repente, zas, bacterias, minerales, flora, fauna. Algunos secos en un 25 %. Oníricos. Espíritu.
Es lo que tiene la mar. Que te tira a islas. Que naufragas en sus arrecifes. Y te acuerdas de lo del “andar de pie”. Con la espalda rectica. El pecho erguido y los hombros parriba. Y se te comienza a abrir un mundo. Y se te hace otro mundo escapar ya. Más queda la mar como un lugar para arrojar mensajes dentro de botellas de cristal que como senderito por adonde arribaste.
Tampoco, en mi caso particular y concreto, allí, en el meollo de la isla en la que, allá por el 2078, naufragué, vi a ningún loro lila.
Ni a ningún gordinflón enfracado en un traje lila (con bastón, guantes y botines blancos).
Ni vi cascabeles tintineando en los vértices de los ornamentos del traje de arlequín de un enjunto, y diminuto, nomo. Tampoco vi una cuadrilla -una tortuga, un dragón, un tigre y un fénix- trapicheando con mi sombra para relegarla de su puesto de reflejo, proyección, diurna, de mi presencia en la tierra. No la vi, a la cuadrilla, instaurarse, finalmente compinchada con mi sombra, a modo de aura, y a modo de natural prolongación de mi sustancia, uno en el norte -fénix-, otro en el oeste-drágon-, otro en el este -tigre- y la última, abajo -en el sur.
No vi a una humana aterrizar, de un trompazo, escupida por la mar, en los mismos arrecifes en los que yo entrompé, y asustarse de mí tanto como para correr de la isla y tirarse de nuevo -a ver si no los desesperados son los únicos, o de los pocos, que abandonan, a nado, una isla una vez se han erguido un poquico sobre las piernas tras el naufragio-. Yo no ví que me había deshumanizado tanto como para asemejarme más a uno de aquellos habitantes -seres andantes, mondantes y sonantes, culturizados y organizados que yo no veía porque había perdido, en la mar, mis cristales y en aquella isla no se sabría como hacer unos iguales- que a un humano.
No vi pulgas, emolabras, ni ents. Ni momotauros haciendo quebrase el cielo en lo alto de una colina, a las puertas, como el portón de la cueva que Alibabá descubrió de los ladrones, de un laberinto. Ni vi pintarse el cielo roto de colores huracanados.
No vi una cabra montesa, común ibérica, arrojarse de lo alto de un monte, patas para qué os quiero, brincando casi rebotando, y mutarse, cual hombre lobo, en mujer antes de estamparse, ya caida toda la ladera, en el colmo de su falda. Levantarse, acomodarse en su recién formada femeneidad, aproximarse a la carretera comarcal, asomarse al arcén y alzar el dedo pulziforme hacia adonde señalaba Platón. Hacia el cielo.
¿Saben, aquellos y aquellas quienes no usan cristales para ver, que aquellos y aquellas quienes sí, sin ellos seguimos viendo?
Obviamente sin cristales no vemos lo mismo que vemos cuando nos los ponemos, vemos eso que también aquellos y aquellas primeras ven. Pero me creo evidente que el “borroso”, como el “agnóstico”, por múltiple, -cada miope, astigmático, cansado, catarático etc con su mirada- por inefable, por nebuloso, por incierto, por no uniformable es un cajón de desastre, un tope. Una obligación de abandonar. De considerarse lisiado. Tullido. Enfermo. Tarado. Etc.
Un tanto -para no ahondar más en batallas de minorías, que estas, las que no son de mayorías, no interesan porque ensucian el tapete del bienestar- rocambolesca, aunque crucial, demoledora y profundamente inquinosa para mí es la analogía con la que me salgo de describir aquello que, retomo, cuando por fin me fui, viví en la mar, y adentro de la mar. Y que, mantego presente, yo no ví porque mis cristales perdí al partir.
Ahí va la analogía sobre la minoría de cegatos que no vemos cuando no tenemos cristales. Y que sí vemos cuando a través de ellos miramos. O, incluso, vemos mal si miramos con nuestra mirada y bien si la filtramos con los cristales:
¿Se recuerda, se conoce cómo fueron neutralizados los milicianos de la revolución anarquista española?¿Cómo llegaron “los suyos”, que ya no lo eran, por la retaguardia a desauciarles del mapa de la guerra? Apunto al film Tierra y Libertad.
Sea.
Pero estaban allí. Yo no les veía porque sin cristales, ya lo redundo con alegría y soniquete, no veo una leche. Mutis por el forro. De momento. Algún día, cuando ya los eche -a ellos y ellas, que estaban allí, en su medio, atentos al extranjero-, tanto que tema olvidarlos entonces, tal vez, por resaborearlos los plasme en palabras de estas tramadas en párrafos.
Palabras pensadas.
Hoy, aquí, me pesa, de nuevo, sobre mis hombros, el mundo. Denso. Y, también, aunque más liviana, la otredad.
Se dice: la miseria ama a la compañía; la soledad la odia. Yo me endoso, total qué otra me queda, si no me las pongo yo otros me las colgarán, la etiqueta de mísero solitario. Vale, ya vale.
Los humanos egoicos cuando leen la primera hoja de un escrito esperan una orilla, o un trampolín, o la boca de un sendero, o el saludo de un anfitrión en la puerta. O un puerto para atracar. Un cabo de hilo les es menester en este preciso instante. Pero aquí no.
Pues no es humano egoico todo homínido que corretea por la Tierra, Gaia. Gea. ¿Cómo coño va a valer?: No. No vale. Pero, ni ya, ni luego. No vale.
A los humanos ecoicos, por complementariedad -que no por contra- les sobran las palabras. Los caminos únicos, y también los marcados. Y aún más lastre les supone la aglutinación, incluso sistemática, de éstas formas asíncronas de comunicación. Al menos, de sumergirse en silencios salvajes de latidos, jadeos, crujidos, fricciones se les tilda.
Entonces, si el sendero para egoicos y egoicas no va a tenderse, ahora, ¿penetrarían los ecoicos y ecoicas en esta introducción: entretejido, veremos cuánto de extenso, de profundas palabras escritas profundamente cargadas de metáfora y metonimia?. Tampoco lo creo probable.
Palabras escritas.
Quizás, se me ocurre imaginar, algún humano, cuya alma sea grande, se halle leyéndolas, con un tono más o menos adusto, en voz alta en presencia de sus descendientes más alejados. Y me cuesta creer que alguno de esos muchachos o muchachas ansien un cabito de hilo. E incluso que presten mayor atención a los significados/significantes que a los fonemas y la interpretación de su abuelo o abuela .
Palabras habladas.
No vale. No vale dejarlo estar por imposible. No vale llamar “niñerías” a “el seguir dándole vueltas”; a permanecer, por no haberse marchado -aún- del país de siempre jamás, envuelto o envuelta en materiales onírico-telúricos. Ni vale soltarlo por la desilusión de quien busca y encuentra artificio (o simulación, o sucedáneo, o impostura), o por la impotente rabia de quien se arrodilla porque le pesa el alma hasta no poder con ella, o por la curiosidad de a quien le aguarda menos tiempo vivo que tiempo vivió.
¿Por adónde, o cómo, de forma única, abordar al alma?. Existe. Eso, para el hombre blanco, dando un saltito, un paso al frente, a la conziencia, ya es evidencia. Sin embargo, cómo describir aquello que, por avistado, intuido, ilusionado etc ha perdido destellos de inefabilidad y ahora se manifiesta rasgando la invisilidad. Justamente, por haber sido avistado, intuido, ilusionado etc aparece. ¿O ha sido al revés?
El espíritu subyace en la especie del homínido. Si lo tomo desde un punto de vista evolucionista, veo en el espíritu una sustancia lliscosa que nutre las almas del árbol -filo, no en su acepción “amor”- humano. Un tronco, quizás dos, quizás seamos un bosque. De cada tronco raíces y ramas. Osmósis intraterrestre y frutas aquejadas de gravedad. Gitanos, payos. Blancos, amarillos, negros, marrones. Albinos.
El espíritu es la savia.
Cada uno y una tiene su alma. Un recipiente, que guarda en su conziente, adonde recibir, de Gaia, el espíritu. Para beberlo. Bañarse en él. Evaporarlo o yo que sé.
Quien lo probó lo sabe. E cosí.
La pena es que sólo acumulas de espíritu lo que cabe en tu alma. En cuanto a las cantidades, es como lo de la madera y el fuego. No hay madera, no hay fuego. Puedes tratar de iluminarte como una cerilla o como una antorcha o como un bastión de veinte metros. Además, si te llenas el alma de guarradas de esas del circo del espectáculo y su mercado de usarytirar, también ocupas, y restringes, el espacio. Igual que sucede con los armarios. Metes, metes y de repente aprietas, apretas y luego te paras para declarar, esto ya está completo.
Ningún homínido puede tomar su alma con una sola mano (es tan absurdo como afirmar que usando como fulcro, por ejemplo, a Mercurio, se puede mover a Gaia), ni conocerla atrapada en un solo pensamiento. Ni sentirla en un único instante. Diría que esa es la proporción mínima. Como máximo, el alma de alguien vendría a consistir en lo que su sombra a su cuerpo. Quiero decir que, definiendo el alma, hay algo cuerdo, conziente, pensante, si cabe racional o religioso con la iniciativa, con el yan, como el presente con el futuro. Sea el espíritu, en esta analogía, luz solar que atrapa nuestro cuerpo y pinta de negro nuestra sombra, pero al revés. Sea nuestro eso cuerdo, conziente, pensante, si cabe racional o religioso lo negro pintado por un alma que atrapa a esa luz del espíritu.
A ojo, afirmaría que: el alma de un homínido emerge, exactamente, el tiempo durante, y espacio mediante, el cual, y desde adonde, parte un barco, llevándose en él la “poieseis” brotada en su Logosfera. “Poiésis”, evolucionada, o creada desde que prendió y mientras que explotaba su Teosfera; como una comunion de fluencias fácilmente derivable en “autopoiésis”, aparición de la inercia, del movimiento, El barco navega en sí y la fuente de luz se hace pequeña en el horizonte, tras la popa. Y, si el barco no naufraga deviendo en vacío, cuando ya a oscuras la direccionabilidad es nula, se enquille el barco en la oscuridad. Salten, urgentemente, por la borda las arañas. Tejan el alma, sobre la estela, o el rastro, o las huellas, o la polvareda por el paso del barco trazado pero, esta vez, de regreso, desembarcando directamente en la Teosfera sin pasar por la Logosfera y el alma quedará suspendida. Como trazada: desde Gaia hasta el Sol, de este, saliendo de la vía láctea, hasta el infinito. Y el homínido, de así, entre Teosfera y Noosfera, aguantarse su alma, ya tendrá, como quien dice, en el ámbito de la Biosfera, unos pulmones para respirar oxígeno, esto es: espíritu. O en el ámbito de la psique: memoria.
Como, metafóricamente, si fuese una humanidad evolucionada, o creada “brotada” en el planeta Gaia y, zarpando se llevase a ella misma, dejando atrás, en sus popas al astro Sol. Alejándose, rumbo adonde el Universo se llama ya Multiverso.
Un alma es ese ínterín en la vida de un homínido, en el que la Teosfera prende, se expande y se disuelve, como está haciendo y le pasará al Sol, el lugar del alma. Es, mientras que ese espacio, entre el finito y el vacío, o entre el Todo y la Nada, o entre el Cielo y la Tierra,… se mantiene activo, cuando el Espíritu, como una humanidad, florece, nace, se reproduce en el alma.
La Teosfera convertida en una Estrella Guía, a los navegantes abajo en la Logosfera , ha de servirles como un faro en la costa, o una intuición en una pesquisa, o una hilo de Ariadna dentro de un laberinto. Al encuentro de la Noosfera. Surcar el Universo en busca de sus confines, o su cornisa, o su límite. Arribar a su fin, ya sea por el infinito: desembocando en el multiverso; o por el finito: desapareciendo en el instante.
Subjetivamente, alzada sobre la vertical de su Logosfera. Objetivamente, epicentrando la traslación de la Logosfera enrededor de ella. La arañas que pueblan la Logosfera, pueden comenzar a tejer su entramado de finos, pero tullidos, hilos cuando la Teosfera prende, elevada, vigorosa. La Razón se extiende celdilla a celdilla. Las arañas tejen la red cada vez más resistentes. Más densa. Más extensa y más compacta. La telaraña, como el listado de axiomas que desarrolla el homo cientiphicus en su creación matemática para sostenerse en la Biosfera, se conforma tramado de cariátides y atlantes para , dando, en el interior de la Teosfera, creado (o evolucionado)
Por poner algunos ejemplos. Los homo cientiphicus, que “usan” su alma para “ver”y como tal, como un foco, diminuto, a modo de linterna frontal, se la incrustan en su frente. Y, así iluminados, como los infantes, todo lo observan. Todo lo tocan. Todo lo curiosean. A plena luz, a todo, sin implicarse, le sacan punta antes de desecharlo. Los homo metaphisicus cuya alma han dejado expandirse, o disolverse dentro de su Psique; como si esta Microesfera, así insuflada, fuese una hija o hijo de Gaia. Los homo filosophicus que, para enamorarse de ella, con sus propias manos, artesanas, la moldean a su gusto y antojo. Los homo bohemicus quienes desapegados, o desesperados hacen de su alma trocitos. Fragmentando la sustancia del Espíritu, cristalizando su alma para obtener una especie de fichas con las que sentarse, ante un tapente, a jugar a poker con el diablo. Los homo Estatocráticus quienes desentendiéndose, o ignorándola ceden, al Banco de Tiempo administrador por la Comunidad de Hombres Grises, el usufructo de su alma liberándose de la insoportable levedad que ésta les produce.
Con esto quiero llegar a afirmar que a quien, a pesar de ello, posee un alma grande (y escribo “grande” como quien adjetiviza a un intelecto “grande”, o a un corazón “grande”) túvole pues que haberse encendido la Teosfera. Como lo hizo el Sol ante Gaia. Como lo hicieron los Imperios Europeos ante lo que luego se llamó, con motivo de quien llegó, políticamente, primero, América. ¿A día de hoy, cómo podría encontrarse, vaya descubrir, un Nuevo Mundo como hizo aquella asfixiada laya humana del año 1500 d.c.? ¿ en qué dirección partiría el barco de un homo egoico profundamente adherido a la causa postmodernista?¿Qué nuevo mundo conquistar?
Y el Espíritu, como una humanidad, hubiese evolucionado, o se hubiese en ella creado, junto a un sin fin de otras formas de organización poiética. ¿O tal vez no es poiésis ya, su “manifestación”? Tal vez, esta poiésis, emergida desde la fisiosfera ya no sea forma de vida emparentada con esta otra emergida entre la Teosfera y la Logosfera.
¿Sabes tú la lengua de la filopraxis? Esa expresión de razón, conziencia y espíritu. Por ejemplo, desprocelas este mensaje:
Es del Espíritu, del trozo dél que corre,
rellenando la forma que es mi alma,
entre mí,
de adonde encontraré
las palabras
para este escrito.
Este fatalismo, esta divinización del todo y este abandono quietista en el todo suponen un retorno a la mentalidad religiosa, una necesidad de divinizar al ser, de considerarle perfecto, una incapacidad para admitir el carácter concreto y limitado de los bienes terrenales y la inevitable imperfección de toda existencia. Aunque ya no sea preciso justificar el mal, como ocurría en la teodicea, sigue siendo necesario sostener que todo está bien, que todo es perfecto y divino. La acción transformadora de la realidad, que arrancaría, precisamente de la constatación de la no-adecuación del mundo a los intereses del hombre, se ve paralizada así en su origen y la sumisión fatalista al todo se manifiesta como sustituto del antiguo sometimiento a la voluntad divina.
La naturalización del ser humano, la desaparición de la libertad como forma específica de causalidad que se suprime en el todo cósmico, en el anillo del ser, supone, de facto, una nueva claudicación y una nueva forma de entrega a la alteridad, concebida como fatum.
Sea esta, en principio, una de esas composiciones que a algunas personas, lectoras (y lectores), se les escapa, o dejan pasar voluntariamente a causa de que el contexto, o drama, o paradigma, o estilo, o vocabulario empleado sienten ajenos. Las hay, me consta. Tanto aquel tipo de composiciones como este de personas.
Quédense al margen, barbarizadas o anonadas, las personas que anteponen “canal implícito” como una condición sine-quanum al texto que tienen en sus manos. Así, “canal implícito”, es como designo yo a aquella protocolaria semejanza en los modos semántico, léxico, morfológico, etc. que acaba por disminuir, o atrofiar la entropía en el texto en aras de una pretensión de “correción” o “comprensión”. Forzando, o limitando la expresión de significados a significantes universales, únicos. A priori.
Atrás, o a un lado queden para quien la posición subjetiva de “lector” (o “lectora”), contrapuesta a la de “escritor” (o “escritora”), durante el desarrollo de la lectura quiera observarse localizada al margen de los acontecimientos. Sea considerable palabradumbre, y como tal deshechada, por quienes pretendan asistirla, preferentemente, desde una posición diferenciada, segura, a modo de palco, o de gradería, o zona de butacas. O de pupitre. O de atril.
Insisto, manifiesto “nongrata” a esa laya de lectores (y lectoras) que se sumerge en este tipo de lecturas provistos (o provistas) de salvaguardas. Como infantes tanteando al agua ataviados (o ataviadas) con flotadores. Quédense en tierra, en la playa, bañistas y tomadores (y tomadoras) del sol. Naden, o buceen, o abran, o caminen sobre, las aguas el resto.
Trataré, en lo que pueda, de emplear signos y símbolos foráneos a eso que, aquellos lectores (y lectoras) quienes ya no deberían andarse leyendo esta línea, llamarían: lenguaje real, o lenguaje normal, o lenguaje concreto, o lenguaje dirigido; dirigido, particularmente, a Ellos (y a Ellas, y a Ello, y a Ella. Y a Él.). No comeré aquí del fruto de esa interacción con la palabra escrita únicamente en su forma “velada” . Pactada, acordada. Sistematizable. No pretendo escribir venenosa literatura teológica o lógica, esto es, escribir dogmas o doctrinas. No es mediante tales formas de dominación, u opresión que pretendo, para que alumbre la perenne y lícita ignorancia, o soledad de quien lea, la aparición en su interior de una presencia, o rostro, o red, o impulso. Serán otras maneras las que emplee en procelar mi visión, cuyo ánimo es emergente, acerca de lo que en castellano denominamos mediante la tercera persona (del singular o del plural): un “él”, o “una ella”, o “unos ellos”, o “unas ellas”. O un “ello”.
Es, en mi opinión, justamente esa figura (o esas figuras) con origen en el exterior del individuo pero de obligada personalización, a modo de frontera, o límite “ad hoc”, integrada pero a la vez limpiamente disociada (o disociadas) de uno mismo (o una misma), el lugar de Dios. O del Dios, o de la Diosa, o de los Dioses, o de las Diosas.
Creo, y ello quisiera tratar a continuación, que esta parte, o configuración, o disposición psíquica de uno mismo (o de una misma), no únicamente corresponde a un extremo del individuo, y con ello, como la muerte, fuente, u origen de numerosas enfermedades, sino que además su naturaleza, en siendo de una cara mental y de la otra fisiológica, es “alephica“. Esto es, mantiene la estructura de un solitario punto adonde se hallan inscritos infinidad de otros. Y como tal paradógica. Comunión de contrarios. Y por tanto ilógica.
Deviéndome al contexto ambiental en el que he crecido y si mi intención, mi saber hacer y mi inspiración me conceden, cuando finalice de expresar lo que en este libro pretendo explicar, quedará de manifiesto que, en mi opinión, Cristo no fue únicamente un trozo iluminado de carne, huesos y pelo vejado a modo de escarmiento hasta morir en un madero. Y también que la razón no es únicamente un sistema de axiomas interpuestos, a modo de burladero, entre el ser y el sujeto. Además habré favorecido la apreciación de la evidencia de que el usufructo de ese ello (o ella, o ellos, o ellas, o él…) no tiene por qué gozarlo la profunda voz de ultratumba que profirió en un susurro Jehová desde los orígenes de la civilización. Así como la de que tampoco tiene por qué usufructarlo la voz extensa de un Gran Hermano, hablada con vehemencia en (o desde) el presente social. Aunque la primera voz retumbando, aún, dentro de nuestras cabezas como un mágico espíritu se pavoneara de lograr domar nuestra convivencia con el Diablo (o Diabla, o Diablos, o Diablas) y ahora la otra crea inapreciable, obviable, el cristal, o paradigma, o tamiz por el que nos obliga a observar la Realidad (o Realidades) ninguna de las dos voces tiene, uno mismo (o una misma) mediante, por qué apropiarse de tal “lugar numinoso” (y tales “lugares numinosos”).
Anhelo apuntar, al concluir, que ni siquiera “tieneque”, aunque (quede claro!) “puede”, ser aquella Voz la del archichaquetero Ego (¿o Ega, o Egas, o Egos?).
Si no un ente teológico, ni un sistema lógico, ni una autoconcepción de uno mismo (o misma), ¿entonces qué, o quién habita en esa figura (o figuras), en ese no-yo (o no-nosotros y nosotras o no-tú o no-vosotros y no-vosotras)?
La belleza construida en el presente con justificaciones seniles ha nacido irremediablemente muerta, y se encuentra en un ambiente de farándula burguesa que la convierte en un objeto meramente suntuario.
Esa belleza se ha asfixiado entre sus numerosos adornos: extensas disertaciones sobre la pureza de las formas, teorías sobre el color o las palabras “buenas” y “malas” que nada tienen que ver con el ser humano, innumerable panegíricos para los artistas vacuos, ediciones de poesía limitada con la firma del autor en cada ejemplar, cultismo confuso con información tan libresca que las computadores se mueren de envidia.
Y con la muerte de esa señora, toda producción de seudoarte cómplice ha sido afectada. Nunca se habían dado tantos artistas y críticos cuya cobardía clama por el viejo tiempo del presente, y que se arrojan desesperadamente sobre la calavera de la belleza para darle algunos toques de maquillaje, cuya supuesta calidad es atestiguada por los tenebrosos cubículos de las academias, o le cuelgan algunos artefactos de la joyería Morlock…
Tomando en cuenta lo antes dicho, nosotros nos negamos seguir el juego institucional de la “CUL —¿cul no es un prefijo de origen francés?— TURA” que implica la teoría y práctica de los grupúsculos academicistas y sectas reduccionistas que bregan en el poder editorial y que con sus esquemas se vanaglorian de una absoluta corrección sobre lo que “la belleza debe ser”.
Y nosotros no decimos que “la belleza debe ser” sino que LA BELLEZA ES, EXISTE EN EL PRESENTE, está en la vida misma sin restricciones, sin esquemas apriorísticos, sin límites, y por todo esto, INDEPENDIENTE de las instituciones y fuera de los consejos vejestorios y epígonos anatematizantes.
Situación presente
Esta es la gravedad de nuestro siglo: LA GENTE ESTÁ ENFERMA DE CORDURA Y SENSATEZ.
Todos los conformistas sufren de cordura y sensatez.
La cordura y la sensatez destruyen la imaginación del ser humano y lo reducen a un plano objetual en el que permanece cotidianamente reproduciendo una vida miserable; el individuo es aplastado por su propia impotencia y conformismo para hacer nada:
—los hambrientos dejan pasar el pan frente a sus narices;
—los artistas piensan que el arte se termina cuando los publican o exponen sus obras;
—los amantes se niegan a aventurarse buscando nuevas respuestas al amor;
—los “pensadores” se dedican todo el tiempo a buscar epítetos con los cuales denigrarar sus detractores;
—las corrientes políticas se consideran “Demiurgos” con sus teorías inmediatistas, apráxicas, ante la realidad social;
—y un millón-por-segundo de etcéteras más.
Nuestros contemporáneos en los tiempos que corren se tratan como seres cosificados. Los individuos se abandonan a una autocomplacencia pasiva buscando una tranquilidad que nunca existirá, siendo que el ser humano siempre será el producto de luchas internalizadas e históricas que engloban a toda la sociedad… La mayoría de la gente se refugia en la ideologización y se abandonan a quienes les quitan lo más preciado que tiene el individuo: SU HUMANIDAD… Sólo asumiéndose a sí mismos es que los individuos pueden romper en la práctica a todo sistema manipulador que trate de “regularles” la vida. Todo ser humano que se estime a sí mismo se opondrá a todo control externo, venga de donde venga: religión, “ciencia”, partido político, Estado, psiquiatría, psicología, psicoanálisis, etc.
Los individuos que reducen la vida a su propia simplicidad y pragmatismo no ven más allá de las paredes artificiales que ellos mismos han levantado, este es uno de los modos en que la imaginación creativa es asesinada, sin considerar que esa imaginación es otra prerrogativa de la humanidad de la persona. Por todo lo dicho, los artistas sin límites son necesarios en los tiempos de miseria como el presente.
DEBEMOS ROMPER TODOS NUESTROS NERVIOS porque ya están desgastados, totalmente inservibles, insensibles, y sólo nos mantienen en una situación degradante en la que todos nuestros actos pierden el sentido delo humano.
EL REINO DE LA FELICIDAD ESTÁ AQUÍ Y AHORA en todo individuo que realiza una praxis humana en la que se reconoce sujeto/objeto, masculino/femenino, negativo/positivo, bueno/malo;praxis en la que ama y lucha, donde crearse a sí mismo significa hacerse y deshacerse en una esencia vital…
Tenemos que actuar en todos los frentes posibles e imposibles de la vida humana. TODA REDENCIÓN ABSOLUTA E HIPOSTASIADA ES FALSA.
Infrarrealismo e infrarrealistas
El infrarrealismo es la espontánea e inesperada aparición de la clave determinante que asalta y destruye todas las reglas que constriñen y retrasan al ser humano y sus manifestaciones. Así, el infrarrealismo es la contingencia que lidia con los significados y cambios que nunca pueden ser previstos por el racionalismo ni siquiera con la ayuda de toneladas de equipos de precisión. El infrarrealismo está aquí, todo lo penetra y viaja en el vehículo de lo inmediato.
Para ser infrarrealista hay que vivir desde ahora en las galaxias de los hoyos negros lo que significa estar en la vida misma que se comporta y expresa como esas galaxias, donde lo extraordinario sucede cotidianamente, lo imposible es posible y los actos inciden en maravillas inesperadas. Esas galaxias son vistas por los ojos que captan los asombros, son tocadas por las manos que captan delicias y deleitan desplazándose por las texturas vivas de los cuerpos humanos; son vivibles por los movimientos que luchan por la libertad, son una danza en las estrellas; son percibidas por el coraje de vivir, cueste lo que cueste, cada instante auténticamente; se encuentran en todos los combates individuales y sociales que crean las metamorfosis de la vida humana; se oyen en todas las voces, músicas, gruñidos, canciones, sonidos que se configuran en los caminos de las almas anhelantes; son alucinadas en las mentes verdaderas que penetran lo impenetrable con el arte. Quienes las buscan, entran en esas galaxias; el nombre inmediato con el que son designadas no es importante, puesto que dichos nombres son sólo las múltiples formas de nombrar la HUMANIZACIÓN que hacen del individuo un ser completo.
—El infrarrealismo es la multitud de cuerdas que ayudaron a derribar estatuas de opresores como el zar Pedro o Stalin..
—El infrarrealismo es la pistola de SergeiEsenine cuyos disparos recitaron su poema para los Estados Unidos.
—El infrarrealismo es una mandarina cuya cáscara es pelada con los dientes mientras se sigue saboreando.
—Gerard de Nerval es infrarrealista caminando por las calles de París mientras jala con un cordón una langosta.
—Un acto infrarrealista es don Quijote de la Mancha derribando al farsante Caballero de los Espejos.
—El infrarrealismo canta y gruñe, tiene miedo y es valiente, ama y odia, atina y desatina, gana y pierde, se compone y se descompone, se aflige y se serena, ríe y llora, aprueba y desaprueba, pero siempre se conmueve con sus contradicciones, para bien o para mal.
—El infrarrealismo no tiene acciones en fábricas ni en instituciones bancarias y, por lo mismo, no se acongoja cuando los obreros hacen huelga o los bancos son asaltados.
—El infrarrealismo ama sin reservas y no cree en el matrimonio. Le gusta ser aventurero en todo y piensa que las cosas no están hechas sino haciéndose (incluso piensa que muchas cosas están malhechas).
—El infrarrealismo se burla de las alternativas capitalistas que siempre son: “¿coca-cola o pepsi-cola?”
—El infrarrealismo le saca la lengua a la etiqueta, se muere de risa en las conferencias de los letrados, respira al aire libre y no tiene mamá ni papá y es andrógino.
—El infrarrealismo piensa que el llamado “oficio de escritor” es una invención de los literatos que han querido vivir confortablemente del arte, lo que significa un indecoroso comercio de la vida.
—El infrarrealismo es epicúreo, sodomita, hereclitiano, hedonista, narcisista, kantiano, hegeliano, marxista, anarquista, metafísico, patafísico, utópico, existencialista; simultáneamente todo esto y nada a la vez; pero rechaza la reproducción de sectas de ilcorpore fascista.
—El infrarrealismo no es secta de ningún tipo, no distribuye membresías ni boletos y no elige a sus miembros por ningún mecanismo de mayorías ni de minorías porque para ser infrarrealista basta con ser infrarrealista.
—El grupo de los poetas infrarrealistas no tiene estatutos ni reglas de conducta, puesto que formamos un grupo nogrupo.
—Para el infrarrealismo más vale lamentar que prevenir.
Dicen que en el silencio eterno alguien extasiada por una gota de amor dorado, como el oro, bailaba entregada. Que el viento se le entrelazaba en sus tensas fibras y de eso se oyó la palabra Ego.
Dicen que el sistema de economía-mundo capitalista neoliberal mantiene a la masa desamparada aprisionándola contra el borde de la realidad. Que le cercena los sueños a los individuos impidiéndoles alejarse conciencia adentro, inmovilizándolos entre un límite virtual y el borde y que se ha implantado en ellos interponiéndose entre sus egos y sus ecos de modo que ambos crean que están sincronizados pero en verdad estando disociados. Para que se crean acompañados pero estando solos. Para que estén los dos como uno que no es ninguno de ellos.
Dicen que la multitud de ésta época muere a la deriva en un entramado noosférico sin posibilidad de acceder, directamente, a la verdad. Que vive controlada en un entramado noosférico sin posibilidad de acceder, directamente, a la realidad.
Me educaron acojonado, ante los dioses y bajo el estado. Un mismo modelo de control y alienación dentro y fuera de mí.
Crecí como arrinconado en el borde de un precipicio. Me formaron para mantener la atención latente en la cornisa del abismo. Sin más ámbito de movimiento. Sin más libertad.
Busqué amparo porque me crié desamparado. Asumí lo del pienso, luego existo. Me confié y me fié del eterno retorno. “¡Qué coño!” me dije “Adelante con la metanoia”. Y me encrapulé como un gusano. Me cubrí con hilos de silencio.
Supe que había zarpado desde mí. Volaría sobre el abismo y viraría sobrevolándome. Me vería abajo, arrinconado contra el vacío. Y vería qué, quién sostiene el sitio.
El cielo se abría ante el precipicio, cúpula celestial cortada en tierra y abalanzada en el abismo. Dicen que resbaló una gota de amor. Como un cohete de fuegos artificiales, cruzando el firmamento, quemándolo con una estela dorada y desvirgándolo con una explosión, burbuja multívoca de chispas añiles y plateadas.
La bola sigue su forma lumínica propagándose en sonido. Me muere en el vientre, desplomándome de rodillas, al suelo, arrumbándome contra la misma cornisa. Perder el equilibrio, no poder mantenerme en tierra y caer.
Querer creer, creer querer. Me brotaron las alas. Vuelo de noche para evitar el calor del sol. La matriz le nace del vientre a mi Ego y le nace también a Eco en el suyo. El entramado de hilos se teje en el vacío.
Mientras la verdad era cantada en la voz de Eco, las palabras resonaban en las entrañas de mi cuerpo y, del silencio, ser y estar hacían.
Si ella hubiera seguido hablándolas jamás la nada hubiera oscurecido la luz de mi alma. Sin el reflejo de su voz, tú, mi querido Ego nunca hubieras visto el rostro. Tú rostro.
Tuve que darte silencio, para que pudieras hablar. En la espera nació el deseo. Otra luz, pero esta con una cabeza añil y plata.
Por eso condené a Eco a únicamente hablar si tú lo hacías. Sólo tus palabras serían dichas. Y dos veces.
¿Recuerdas cómo Eco recitaba? ¿Cuán reveladora era su opinión, cuánto procelaba su divagar?
Mas ¿qué aporta ahora? Su silencio, y un volver a decir lo dicho. ¡Pobre eco! En nada se estima ya su compañía. ¿O sí? A lo mejor la tara puede llamarse mutación, ¿dónde hablo de error comparando con la perfección debería significar ahora adaptación evolutiva?
No sé. Eco repite cuanto oye, mas, ¿de quién son sus escuchas, si eco no dice, ¿quién le arroja su voz?¿qué clase de red proyecta en su lugar mi reflejo?¿Y cuándo fue que sucedió que se apareció la distancia, esta distancia?¿cuándo fue que dejé de ver su reflejo y pasé a ver esta sombra holográfica?
Ella era una parlanchina. Su voz, su modo de hablar las palabras era, por poco, embrionario. Hacía crecer la verdad por donde se oía.
Parecían sus oyentes gallinas ponedoras de huevos de oro y, ella, gallo semental del corral. Cuanto de su verborrea se alabara, siempre quedaba en irrisorio favor.
¿Cuándo fue que la prohibieron hablar? ¿Por qué nada podía decir si no antes había sido dicho?
Lo cierto quedó mudo para Eco. Nada más verosimilitud. Sólo repetición, no verdad.
¿Y Ego? ¿Por qué permanecía callado, mirando ataráxico el castigo? Tal vez no lo supiera. Tal vez no fuera él quien se estaba reflejando ni tan siquiera él estuviera presenciando su propio rostro.
Yo crecía en un mundo, me desarrollaba en su interior a medida que el tiempo pasaba y yo seguía allí. La evidencia de la vida se reafirmaba con cada amanecer. El tiempo corría a su favor.
Estática, oculta en mi pasado, la paradoja dormía como un dragón en una cueva o un minotauro en un laberinto.
¿Cómo podía cumplirse, rutinariamente, el yo ser un vivo en ti si aún no había nacido en ti? Si nunca conseguía nacerme, ¿cómo al final estaba viviéndote?
Apenas acababa el parto que volvía a desaparecer. Apenas otra vez me parías, otra vez regresaba fuera de ti.
Entonces me nombraste. Se escuchó, como el rayo y el trueno, primero mi nombre. Y luego tú lo repetiste.
Fui embrujada. No nada más de mi voz usaría, sino nada más que mis pulmones y mis cuerdas vocales. ¿Para qué entonces las querría mantener tersas y no rotas? ¿Por cuánto mendigando otras voces habladas para poder oírme? ¿Cómo no preferir la soledad de sin compañía, donde nadie, ni ninguna palabra dicha viola mi silencio y agita mi garganta? ¿A qué exponerme al viento, a las ondas de dichos y hablados, y zarandearme como la superficie de un espejo?
Encontré la voz y me envolvió el deseo. Por sus corrientes de palabras enloquecía y adicta a su cercanía me volví.
Por eso te miraba, entre hilos, como ataráxica, cuando callabas. Porque entonces era que discernía entre tu voz y la que venía de la matriz.
Me mirabas ataráxica. Tus ojos, eternamente abiertos, tragaban mi rostro igual como si fuera un naciente mamífero arrojándose del vientre de su madre.
Algo entre tú y yo me helaba. Apenas comenzaba que volvía a caer, en un principio emergente no nacido, o no acabado de nacer. Sospechaba de aquella verdad, porque me alimentaba, en mayor medida, del cordón umbilical, que del mundo donde me nacías. ¿Qué sería esa conexión establecida entre tú y yo?
Todavía, por más ralladura crepuscular con que despuntase el alba, no caía la oscuridad, no desaparecía el vínculo prenatal y no se alzaba la claridad manto de tu reflejo. Sólo parecías un espectro, un holograma, una sombra proyectada en la otra orilla del abismo.
Fue porque tú así me habías observado. Y también fue porque luego separaste nuestras miradas y me hablaste, con tus palabras. Tus oídos no habían oído eso que dijiste. Fue tu voz la que habló. Dibujaste con tu garganta y tu boca un libelo que voló a mí, dejando una estela de fuego y explotándome en una bola de chispas añiles y plateadas: “No me conoces lo más mínimo!” dijiste.
De este modo nació la corriente, la onda de tu influencia que deshiló el entramado construido entre tú y yo.
Nunca había habido nada. En nada el silencio y la latencia variaban.
Una figura emerge en la nada. Comienza una danza. Como una flor deshaciéndose de las mantas de su capullo y abriéndose en la primavera, creando los albores de su madurez. La decadencia será la meta. Mientras se completa ella se contorneará desplegándose de par en par.
Los aires callados, despertados en sus contornos, la revolotean, y cuánto más ellos se alzan, más ella grácil baila.
¿Cuál si no el nombre del verbo es la palabra que esta danza expresa?
De tu voz nació mi deseo. La adicción a tu cercanía estaba enganchada, como el hilo de una araña, entre mis entrañas.
No eran las palabras dichas de tu boca; de serlo, sin más, la hubiera repetido tras de ti.
Se oyó ese nombre. ¿El tuyo? Y entonces, mientras se insuflaba en mis pulmones y su resonancia me trepaba hasta la boca, cientos de partículas disgregadas aquí y acullá mi esencia, vibraron con ella. Despertaron y se unieron en una voz. Mi voz, una que era yo.
Y lo entendí. Tú no podías conocerla mínimamente. No eras tú, era yo. Nacía tu rostro, en una bola de chispas añiles y plateadas reflejado.
Porque tú me mirabas, y luego tú me hablaste, supe que lo había hecho. Ya no era más no nato. Nada en mí fuera de ti estaba. Naciendo, yo, había comenzado a estar siendo en ti.
Escuché tu voz renacida sin nada de vacío en su armadura. Me vi mirando tus palabras, ondas de viento redondas, concéntricas, como arrodillado en la orilla de un río de aguas claras. Porque a ti no te conocía mi rostro nítido se le reflejaba a mi mirada.
Eterno en la quietud fui la espera. Colgado en la nada, sin más, como un pato en un estanque, un cuervo en una rama o una cabra en una roca, estaba.
Era, más porque había sido, que porque estuviera siendo. Además el futuro no venía de lejos porque conmigo ya estaba; yo, silencio de nada, iba a ser, pues eterno, en la verdad estaba. Permanente impermanencia que garantizaba la constancia de la ausencia, ¿cómo podría acabarse la espera de quien es espera y no espera?
Sentí, de tu figura, la compresión de mi vacío. En mi homogéneo discurrir en nada se dibujaba el relieve de tu baile.
Cuando cedías, girabas, o te ondulabas, mi silencio lo repetía seguido. Sin más, aún yo no sabía ser si no tu eco. Yo no era sino tu sombra.
¿Cuándo de mi silbido entre tus hilos tensos de música surgió aquel rayo de luz? ¿Fue porque largo rato vibraste en mi espacio huero de espera? ¿Calentaste con tus roces la piel de mi cuerpo de vacío?
Se oyó. Por no más yo sería yo, sólo porque tú bailaste en mi vientre, moriste.
Yo quería escribir. Quería, como un pescador con su red, atrapar del silencio palabras para luego servirlas cocinadas en un pliego de papel.
Siempre se buscan las personas capaces de discernir entre los sabores, de apañárselas para combinarlos así o asá y congregarnos a los demás a causa de ellos.
Yo invoqué la danza primigenia, pues, a vosotros dos quería despertaros. Era preciso que descubrieseis vosotros lo que a mí la sabiduría humana me ha entregado. Teníais que sacarme de la matriz.
Ya ves, alguien, con afición y gusto por la literatura, nos cuenta cómo somos él y cómo aconteció cuando antes de dejar de ser uno, él se hizo silencio y acogió en su centro una gota de amor dorada como el oro, como una semilla enterrándose en una tierra, o un feto dentro del vientre o un ave engendrándose dentro de una cascarón.
Hubo un baile en el centro de su centro de ausencia y de él hizo el nombre que sería el mío, e hizo lanzarlo desde tu boca, en un sonido.
¿Yo soy yo cuando tú me reflejas? ¿Somos tú y yo lo mismo? ¿Qué es esta tela de araña que se nos pringa a través del abismo abierto entre tú y yo?
correo-e RSSSancho, viéndole correr ladera arriba, chilló: "¡Pero señor, deténgase! Allí no hay monstruo ni gigante alguno, son sólo molinos de viento…" Soas, desde la ínsula, tu- vo que insistir: "Son los enanitos"
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Soas hubo dicho: "Kaones componedo- res de innombrables rapsodias melódicas brillantes de luz vi- bran en la infinita oscuridad"
Gracias.