Quienes han sido criados en un redil, sin posibilidad de beber agua de fuentes naturales sino únicamente de abrevaderos, tragan, por sed, cuanto les echan. Pueden más tarde, ya sobrevolada la adolescencia, quizás por algún error en el sistema de la granja, descubrir la existencia de aquéllas fuentes y pueden, entonces, imaginarse su pureza e incluso anhelarla.
Habrá quienes, con ingenio y valentía, escapen del encarcelamiento y, con tiento y cautela, atiendan a las voces que continuamente otros y otras susurran para que despierten. Y llegar a una de esas fuentes naturales. Y arrodillarse a beber su néctar. Y comprender entonces qué tóxico han tomado todo este tiempo.
El agradecimiento por haber sido traído a la vida, a pesar de la cautividad, se transforma, a raíz del agua pura penetrando el cuerpo, en una nueva sed.
La sed, imperativa y categórica, de venganza.
Acostumbrados o acostumbradas, porque la fase inicial de crecimiento marca sobremanera, a no atender sus necesidades ni a escuchar sus posibilidades sino mero respetar la rutina y la orden del amo, estos o estas r-eVolucionados o r-eVolucionadas podrán ignorar, o desatender, esta nueva sed. O no. O a lo mejor pueden pero no quieren.
En cualquier caso, si tratan de obrar como si su obra fuera ley universal toparán con un problema de base: el universo quiso nacerlos y criarlos como si fuesen bestias. O como hombres o mujeres explotados o explotadas por otros hombres u otras mujeres. ¿Qué clase de medio, en estas circunstancias, no es a su vez fin?
El imperativo categórico, estandarte de la razón, pretendía deshacerse del imperativo hipotético, luz moral religiosa o ideológica. Sugiero un imperativo vengativo para deshacernos del categórico: que toda obra que inicies se englobe dentro del mismo plan perenne: vengarse.

