AtaraxiA FreaK

17/04/2009

retornar eternamente

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 16:34

Conozco a un tipo apodado “el hacedor de espacios”. No en poca estima le tengo ni menudas son sus haciendas. Haciendas de espacio, de vacío.

A él, en mi presencia, le explotó un día un presentimiento: “Voy a dejar de hacer caminos”, musitó con voz determinante. Pensé por unos instantes su verbamiento. Él quedose, en aquél ínterín, anonadado. Vuelto para adentro. Yo, debido a que hoy es el día en que tomo conziencia de la semántica de semejante ensimismamiento, concluyo el rememorar, presintiendo un determinante aserto: “No hago un camino más!”.

Si esto era la vida, ¡qué vuelva a empezar!

27/02/2009

quinta esencia

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 22:49

Había que descubrir (=saber ver) cómo tiene uno la energía psíquica en un momento dado, circulándole desde el cerebro al resto del cuerpo, y entonces determinar en qué estado está. Pero como determinar esto me resultaba muy difícil busqué en qué estados podía manifestarse esa energía psíquica para luego elegir en cuál estoy yo de entre los hallados. Así descubrí cuatro estados posibles: el uno, el dos, el tres y el cuatro.

Leyendo esto, encontré una diversión más diversa que determinar en qué estado estaba yo y en ella me enfrasqué: qué sentido podría tener moverse de un estado a otro. Por ejemplo, estando en el tres, pasar al dos y luego al uno o estando en el cuatro pasar al dos y luego volver al uno.

Ofrezco un resultado, una utilidad: un cubo, cuatro dimensiones. Teserapto. Desde esa forma geométrica la energía psíquica fluye en cuatro dimensiones, se refleja en seis caras, se proyecta desde ocho vértices, entonces… cerrando el discurso: en qué estado estaba yo, ¿en el uno en el dos en el tres o en el cuatro? Sabiendo que soy un tipo con más ganas de guasa y kaos que el propio Luzbel sólo cabe una respuesta, xip: estaba amalgamando los cuatro estados experimentándolos hasta, por loca locura, serlos (o estarlos) no secuencialmente sino simultáneamente. Quizás un quinto estado.

Así, no mi energía psíquica se condensa en un uno (escapada de la physis). No mi energía psíquica se refleja y desdobla en dos (ego y eco). No mi energía psíquica es un testigo que observa el rifirafe y son tres (positivo, negativo y neutro). No mi energía psíquica me es entregada, caída de la perfección.

Este quinto estado provoca un movimiento, como un viento que se abre y se cierra en un remolino infinito de tiempo.

13/02/2009

¿Esto era la vida? ¡pues que vuelva a empezar!

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 17:09

Observándome, he descubierto un momento recurrente, cuyos epifenómenos han hecho de mí un hombre histriónico, un bufón. Un determinado punto de un ciclo, cada vez después de un paso anterior, que se recuerda encima de los pasos aún más anteriores; y cada vez antes de un paso posterior, que se espera mirándole desde debajo, pero que aún no ha aparecido.

Recién he entrado en uno de estos momentos. Sé cómo desacreditaré estas palabras una vez lo haya abandonado. No poco sárdonico será el ensañamiento cuando me halle justo, antitético, en el otro extremo del ciclo. Sin embargo,  es ahora, y aquí, y me siento en el centro. Me balanceo estático, rotando suavemente sobre un cierto eje que me atraviesa vertical penetrándome la coronilla y saliéndome bajo el sacro. A mi alrededor, como Sol núcleo de unas órbitas concéntricas más o menos próximas a mí, yiran los otros, mis sosias, planetas de mi persona, configuraciones de roles y versiones de la verdad a los que viajaré en un momento, cuando finalice esta nota y transcurran unas pocas horas de tiempo, aprovechado, espero.

26/01/2009

vacuidad

Archivado en: 0004, 4 impasse, noVemBer r-eVoluZion — Etiquetas:, , , — Martín Santomé @ 16:15

.

.

_

quisiera no sentir la ira y la rabia en el pecho. No respirar el mismo aire ni vivir el mismo mundo. La luz no me despierta y la noche no me duerme. Se ordenó el tiempo exprimiendo el esfuerzo hasta el último aliento. Me dirijo hacia dentro del abismo, la sangre se derrama entre piernas, el breve faro de vida y muerte, renueva el cuerpo. Como si de cambiar de piel se tratara, pero por dentrolo siento…

.

.

.

_

…de Libro de los Resultados de R. Sherwin…

Por lo general, la magia(k) necesita del uso de múltiples modelos y perspectivas. No es práctico expresar el universo y la relación que tiene uno con él en términos exclusivamente propios de un modelo. Un sólo modelo acaba por significar que se usa sólo un enfoque. Y no sólo se trata de que un único enfoque regule las actividades del individuo, sino que inhibe y restringe la información que recibe y que está dispuesto a aceptar en sus propios términos. Lo que el mago busca es lo contrario. Pretende obtener una perspectiva ámplia abriendo todas las fuentes de información que sea posible. Si obtienes tus noticias de una sóla fuente, contendrá prejuicios. Si sacas tu magia(k) de una sóla fuente, contendrá prejuicios, a no ser que la fuente seas tú misma.

modelo-sherwin.

El modelo que propongo no pretende albergar sutilezas tales como un no-deseo positivo. Tampoco le enseña a uno cómo ser un mejor sigilizador. Los modelos mágicos son más una forma de arte que una ciencia, pero tienen una función, que es ayudar al mago aspirante a entrar en el sistema de creencias en cuestión. La base de este modelo es el caos. La palabra no se utiliza negativa ni peyorativamente, sino que significa con mucha precisión, el mago en sí mismo y también el universo conocido, y los universos desconocidos sin el punto de vista del orden. El orden no es una realidad. Es una conveniencia. Es un código de barras estampado en el caos; no es en sí el producto, sino meramente una referencia a él.

Impusimos el orden para poder funcionar de manera más eficiente, para poder comunicarnos, para poder socializar, y al hacerlo nuestras expectativas empezaron a esperar que el universo se comportase de un modo particular. Aunque el universo tipo-reloj de Newton ya no predomina en los círculos científicos, una causa explicable y un efecto observable son prerrequisitos para que cualquier incidente sea considerado como posible en la realidad consensuada. Debido a esto, la realidad consensuada ve muchas cosas raras y se aferra a un embarazoso nudo, explicando cosas que realmente han sucedido con excusas como que “no ha pasado realmente” o “no ha sido posible”.

En el universo caótico, el universo que el mago crea y en el cual participa, todo es posible. Cuanto más exitosos son sus sígiles, más entiende el mago que el cosmos no es rígido, que el orden con el que el ser humano ha cubierto al caos no es la estructura sólida que pensaba que era. Cuanto más sigiliza, más se da cuenta de que bajo circunstancias óptimas (un ritual erfecto) el universo le responderá. El mago informa al caos y es informado por él. De las seis funciones mentales utilizadas en el modelo, S, D y E están más sintonizadas con el caos, o por decirlo de este otro modo, se encuentran sin condicionar por la realidad consensuada. Las seis funciones se interrelacionan con el caos hasta cierto punto, y el mago desarrolla cuatro de ellas, sintonizándolas con el caos. El yo es perfecto y no necesita ser desarrollado. C necesita ser observado y analizado. Las seis funciones son las siguientes:

S. Esto es el Yo. He oído argumentar por parte de magos que el individuo se compone de muchos yoes. Mis propias meditaciones y las prácticas que han salido de allá indican que este es un punto de vista peligroso e improductivo. El yo tiene muchas funciones distintas, pero es una fuente constante y que no varía. Fabrica como elige a los cuerpos, y en sí mismo, no le afectan las circunstancias y los eventos. Los magos que han practicado la exteriorización no se suscriben al argumento de los muchos yoes. Fuera del cuerpo la cuestión está m´sa clara; o es yo, y yo es la fuente del yo. A. La parte de tí que está leyendo este libro, que cree o des-cree, y que tiene voluntad y deseos. Es mucho más complicado que el yo, y es el hogar del diálogo interno. Es egocéntrico, y de otro modo estaría muerto junto con el organismo que habita.
B. Consciencia y percepción.
C. El mecanismo censor (MC). Debe resultar evidente para cualquiera que haya soñado alguna vez, que la mente contiene un mecanismo censor. A menudo uno se despierta con una impresión muy fuerte de un sueño, y aun así es incapaz de recuperar siquiera un detalle. Ahí está funcionando el MC, negando a A y a B el acceso a las actividades subconscientes nocturnas. Funciona del mismo modo cuando A y B intentan alimentar al subconsciente con información. Hasta que se haya logrado el equilibrio personal, el MC se va a preocupar de la cordura del individuo, ocultandole a la parte analítica de su mente una infinitud de atavismos y la totalidad de la información acumulada por el individuo durante todas sus vidas. La gente que sólo funciona en el plano mundano, queda confundida y ocasionalmente aterrorizada por los vistazos esporádicos y accidentales de lo que hay más allá del MC. No están preparados para encontrarse con algo tan vasto. La razón de ser del mago, es extraer sentidos de su universo, y no puede hacer esto sin situarse en el peligro de una locura temporal, confrontando aquellos elementos de su psique que otros preferirían evitar. Su impulso es tal, que no se permite otra elección que tomar el riesgo.
D. Uno de los métodos para saltarse el MC es la gnosis, el estado mágico parecido a un trance obtenido mediante la excitación o la inhibición del cuerpo. Parece que durante el estado de gnosis, la propia mente cierra el MC del mismo modo que cierra las funciones analíticas. El sígil al que uno ha destinado tanto tiempo y esfuerzo puede ser entonces grabado sobre la función subconsciente junto con los datos sensoriales del rito; color, sonidos, olores, sabor, etcétera…
E. El sub/inconsciente. En efecto, esta es la única parte de la mente que se encuentra vigilante y despierta siempre, incluso durante el sueño y la inconsciencia. Es un almacén de memoria de tamaño inconcebible. Ninguna experiencia queda sin grabar, da igual lo a menudo que se repita o lo insignificante que sea. Todos los datos sobre tu pasado están ahí, y todos esos datos son accesibles para cualquiera que esté preparado para trabajar en accederlos. En el caso de la sigilización, el mago no necesita ningún esfuerzo para grabar el sígil en su sub/inconsciente. Esta es una función automática.

El mago utiliza su esfuerzo en la obtención de la gnosis, cerrando así el MC y la mente analítica. En el momento de la inconsciencia o de un gran estrés o bendición emocional, el sub/inconsciente sigue grabando, pero la función analítica deja de hacerlo. Este es el camino a través del cual el mago “olvida” la sigilización.

No voy a intentar explicar la forma en que el sígil tiene su efecto en el caos, puesto que sólo hay dogma en esa dirección. Sin embargo, debería añadir que si uno fuera a tratar la sigilización en sí como un sistema de creencias (cosa que yo hago), no le haría daño a nadie que el mago encontrase una explicación personal satisfactoria. La física subatómica presenta muchos lugares interesantes para explorar, y uno no debería olvidar la ahora famosa mariposa del caos que agitó sus alas en Pekín y afectó al universo al completo.

.

.

bansky


.

Antes—————————————————————————-Después


06/07/2008

La eternidad y los tres tiempos

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 17:25

“Todo va a ir bien.” –susurras y te callas. Ambos permanecemos en silencio. En realidad, no esperamos nada. Estamos callados y contemplamos, mero, el existir, un existir. Un bostezo nos infla y suelta luego el pecho. “Sí” –digo al fin- “todo está bien como está.”. Cierro el libro que leíamos caído en nuestro regazo. Lo devuelvo a la estantería. Atravesando el pasillo, entro en el baño a cepillar los dientes. Apago luces, bajo persianas. Nos sentamos un momento en el borde de la cama. Apago la lamparilla sobre la mesita. Nos arropamos en una compulsión.

Cuando se desvanece y quedamos bajo las mantas, abrazados a la almohada vertical entre las piernas, oímos un televisor, ensordecido a través del tabique, un magazín nocturno de esos con público efusivo y algarabioso. Me preguntas por los personajes del show, tratando de atinar a reconocer el tono de sus voces. Yo rehuso tu juego inquiriéndote por los vecinos, si estarán tumbados con la televisión en los pies de la cama o sentados en el sofá del salón. No me respondes. Nos dormimos sin despedirnos.

Tus espavientos resuenan como ecos en la cúpula de mis cielos. “Eh! ¡Va, despierta! ¡Mira qué tiempo!” Sabes perfectamente cuánto odio interrumpir mi sueño. Por eso me excita tanto que me despiertes de ese modo. Entonces, cuando sucede, -no que yo me advengo de nuevo, inmigrando en la vigilia, sino que tu me creas, me naces allí-  sé, intuyo, aguardo algo de ti, de tu mundo, por siempre onírico y energético, presentado para mí en instante único e irrepetible, justo como éste en el que me zarandeas y me llamas y yo disuelvo esa cierta membrana que sin vigilia me insensibilizaba. Despierto, “Buen día…” voy balbuceando mientras enfoco y miro. “… ¡Nada!” –sentencio defraudado antes de liberar el enfoque y despegarme pesado. “¡Exacto!” –clamas tú victorioso. Y completas tautológico- “hemos aparecido en el mismo lugar, de nuevo. Pero, también de nuevo, no en el mismo tiempo.”

Con tanta chispa has amanecido hoy que te has encargado de meterme en la ducha, de afeitarme, de vestirme, de prepararme y comerme el desayuno, de calzarme el maletín y la tarjeta de autobús en las manos, de llevarme a la parada, de cantarme una nana mientras yo me agarraba con elástica firmeza a la barra del bus, de caminarme ligero y salvo hasta la oficina y, una vez dentro, hasta mi puesto, de encenderme el pc, de desparramar mis papeles sobre la mesa e incluso, por lo que te estoy muy agradecido, de encenderme este cigarro que estamos fumando y prepararme esta taza de café que estamos bebiendo. “Eres bienvenido…” –me concedes desvaneciéndote como una estela de barquito en la mar. “¿Qué hay gente!” –se oye el toque de atención del coordinador desde el pasillo –“en diez minutos comenzamos la reunión, ¿sí o sí?”. “A las ocho te veo, chao.” –te digo. Y ya no sé si había alguien conmigo o si me despido de mí mismo.

Apareces aún sin esperarte. Te interesas por mi día, me preguntas qué ha sucedido en la reunión. Te pido ayuda para recoger rápido mi mesa. No quiero hablar y te ignoro. Pero tú no necesitas mis palabras para saber. Te basta con enterarte buceando entre mis recuerdos. Lo haces con dedicación y ahora soy yo quien va cantando “adiós, ¡buen fin de semana!” sacándonos de la oficina, y quien nos mete en el autobús, y te deja husmear en mi memoria mientras vuelo por las aceras, compro viandas y vino en el colmado, extraigo el papeleo del buzón, me deshago del maletín y del uniforme, apago el móvil, dispongo las viandas en la mesita del comedor, prendo una vela, descorcho la botella de vino, conecto el reproductor de audio, alzo el vaso y brindo por ti, por mí, por nosotros y por seguir vivos, alegrándome porque no es poco. Y me planto equilibrando mi tronco sobre el plexo. Y un suspiro, con mucha carga de desaplomo, evacua de mí un pesar tóxico.

“¡Vaya reunión! Qué descubrimiento tan revelador ¿no?” –irrumpes de pronto. “¿Ya has decidido si aceptarás?” –continúas sin tacto ni miramiento ninguno. “Sabes que no tengo más remedio, parece una propuesta pero es una orden” –trato de hacerte entrar en razón. “¡Claro, el señor, el padre, el rey no tiene más remedio y desempeña la irrisión y establece su férula! Ocuparás aún más de nuestro tiempo. Apenas ahora ya me dedicas, y con ese contrato habrán semanas enteras…”.

Tienes razón, lo sé. No niego. Cuando me enchufo el uniforme y el maletín te desaparezco. Entra mi mundo en la urbe laboral y en ella se achata y se isola. Y vengo haciéndolo en exceso. Pero esta nueva oportunidad significa acceder a una plataforma superior. Cómoda, segura y poderosamente instalado allí podré liberar y compensar por todo este otro tiempo. “Florecerte espina a espina, pétalo a pétalo…” –te susurro y te busco la boca y te señalo. Pero no te amedrentas, “¡qué? te parece bien?” –me vacilas dirigiendo nuestra atención, unificada, al plato y al vaso. Comemos, bebemos y oímos la música en silencio. En las pausas o vacíos del disco o de nuestro masticar oímos sordo a través del tabique el televisor vecino y reímos y giramos unas décimas levógiras la rueda del control de volumen del audio y tañemos nuestras muelas y desgarramos con nuestros colmillos, si cabe, aún más despacio.

Pican a la puerta. Me extraigo del estado emocional en el que nos mecíamos. Aparto el plato, doy un buche al vaso y con la manga me seco las barbas. “¿Quién es?” –preguntas muerto de la curiosidad. “Shhh!” –te reprocho- “¡no han de oírnos dialogar!”. Espero tras el marco unos segundos. Vuelve a sonar el timbre, esta vez con la cadencia de la señal, tres pulsos seguidos de una pausa y un último. Abro sin mirar y regreso al sofá.

Se ha sentado en el suelo, arrimándose un cojín plano. Te ha saludado y te ha pedido consuelo. Has cogido tus cartas, se las has pasado, él las ha barajado y tú le has indicado escoger varias para construir tu oráculo. Ahora te mira, esperando la interpretación. Tú tienes miedo. No consigues ponderar los sentimientos y la mezcla de luz no llega en momento alguno a constituirse mezcla exacta, blanca. Sigues trabajando en ello, rastrilleando entre las formas de colores. Yo me distraigo dotoreando la espera al otro lado de la mesita. Sin que puedas impedírmelo, le ofrezco vino. Él acepta y bebe tranquilo. Me haces muecas disgustado. Y no te falta razón, tú, en la oficina, nunca apareces. Bastante haces con permitirme, aquí en tu otredad, tu compañía. Pero aún cometo otra pillería, le manoseo su bolsita de María. Él diligente ofrece y yo acepto. Clavas un rayo de luz en nuestra percepción y dispersas por un momento la membrana de significantes, disolviendo mi conciencia en un coloide donde la fase continua son los antiguos referentes y la dispersa los viejos significados. Sin embargo tienes que seguir construyendo la Palabra que te espera y devuelves pronto la matriz a su sitio. Creando de nuevo la gota donde me percibo. Te pido perdón con disimulo y nos serenamos mientras lío el cigarro. Prendo, como gesto de reparación, una barrita de incienso. Una brizna de humo se desprende de la punta y se aspira hacia el cielo. Tú, entonces, entre los hilos del viento ves la cara y los ojos que te aguardan. Y así les hablas.

Fuiste Bautizado. También eres firmante del Contrato Social. Tu alma pende de la Iglesia y tu cuerpo del Estado. En ese redil paces anonadado.

Abro los ojos como platos. Él, oyendo tus crudas palabras, aún los abre más. Se activan turgentes todos y cada uno de sus músculos horripilantes. Pidiéndome sumarme a ti, generas una corriente de unión y convergemos en nuestro entrecejo. Yo, saltándome el barbecho epistemológico y la brecha ontológica, me disuelvo, como un azucarillo en una taza de té, en tu, ahora ya sí, blanca energía orgónica. El chico clava su mirada en nuestra frente. “Dime, ¿quieres zarpar?” -retumba gutural nuestra voz en el salón. “¿De dónde? –pregunta angustiado. “De ti” -le respondemos. “¿A dónde?” –quiere saber. “A ti” –zanjamos. Recogemos las cartas justo a tiempo. Suena la señal. Los cuatro agudos timbrezazos desequilibran al chico. Polarizamos para neutralizarle el susto y le dejamos sosegado con la espalda recta. Vamos a la puerta, la abrimos sin mirar y regresamos al sofá.

Se ha sentado en el suelo, arrimándose otro de los cojines. Nos ha saludado a los dos, primero a nós y luego al chico. Ha pedido consuelo. Le hemos dado las cartas, las ha barajado y habiendo escogido algunas espera la construcción del oráculo. El chico y ella se miran apaciguados. “Dice que pendo de la Iglesia y que pazo en el Estado” –comienza él. Ella descubre la bolsa de María y pregunta “si puede”. Asiente el mozo con la mirada. Ella procede. “Sí” –le habla al muchacho, controlando con un ojo si nos parpadea el entrecejo. “Cuatro billones de humanos y humanas han sido criados en el último siglo dentro del Imperio. La humanidad se ha multiplicado por tres en menos de cien años. Todo articulado por el sistema de economía-mundo capitalista. Ni te culpes ni te fracases ¡aprovecha el tiempo, libéralo!¡despierta!¡huye! ¡Si quieres y puedes!”. Ambos se quedan en silencio. Él hirviendo en pensamientos y ella en pleno directo, atenta en aprehensión de fuego. Nós canaliza la palabra del oráculo, advierte a la chica sosteniéndole las muñecas. Y así le habla.

Rasgaste la pintura del dorso del espejo. Liberaste tu ego y despertaste tu eco. Ahora puedes ver, pero ves doble, delante y detrás del cristal. Te atormentas confundiendo voces con reflejos. Acepta la muerte y, junto a la vida que ya tienes, tendrás el resto.

La chica sonríe y toma nota de las palabras adornando el papelito con curvo ornamento. Codo con codo, el chico remueve el cocido de sus pensamientos con los ojos enganchados a la trayectoria del bolígrafo. Así los tres hacemos el momento.

Nós, escuadriña los Tres Tiempos, esperando que el chico descubra que la chica está en Dos Tiempos y no en Uno como él. Pero le miramos y, por el momento, percibimos más claras las erupciones de su caldo de pensamiento que su visión mirando al Segundo Tiempo. Ella, abierta en los Dos Tiempos, no espera, sino se hace instante de tiempo. Suena la señal. Tres y una vez el timbre. El chico abraza cálido a la chica, “¡Es la señal!” –se excusa acogiendo con gusto, en vez del reproche arisco, la mayor amplitud del abrazo. Nós va a la puerta, abrimos sin mirar y regresamos al sofá.

Ha besado nuestra mano, luego los labios de la chica y por último la frente del muchacho y, arrimándose un vaso de la cocina y un cojín, se ha sentado en el suelo. Sin pedir, ni mediar palabra, se ha servido vino, ha picoteado del plato y ha separado una pizca de María y otra de tabaco. Ha acercado las cartas para que nós las hiciera un fajo y nos las ha retirado para escoger varias. Las ha colocado boca arriba ante nós y se ha quedado masticando, bebiendo y fumando.

La chica le prende el vaso de vino y le explica: “Me ha dicho que debo morir para completar mi vida y conseguir el resto”. El primer muchacho, por un momento súbito, percibe en la energía proyectada de la chica, el Segundo Tiempo y, volviéndose hacia su caldo de pensamiento, lo retira del fuego y lo aparta junto al viento, matiza convencido: “Ha dicho, aceptar la muerte, no morir.” y se lía glotón a deglutir su primer guiso de pensamientos. El recién llegado sonríe a los muchachos y alarga su cigarro y lo ensarta entre nuestros dedos. Sonreímos y tomamos una calada a fin de devolvérselo. “Sí“ –comienza dirigiéndose a la chica pero pendiente de su propia espera señalizada en nuestro entrecejo- “has estado toda tu vida encerrada en un plano mental, necesitas paciencia y experiencia para desentumecer el resto de tu cuerpo. Tarde o temprano el Espíritu habrá de manifestarse mediante tu crecimiento. Aceptando la muerte fruncirás una brecha, la que ahora separa vida de muerte, y obtendrás simultaneidad donde antes poseías secuencialidad.”. El mozo sacude el antebrazo emulando el fluir de una serpiente que muerde en dirección a ellos. Primero la chica y luego el chico tras de ella, reciben sendos latigazos electromagnéticos. Ambos protestan sorprendidos. Nós ha armado la Palabra y no prolonga más la espera. Cimbrea la atención del mozo y este se concentra. Así le hablamos.

Has levitado del mundo denso. Y has reculado hasta posar tus pies en el cielo. Sostienes y das lugar a tu mundo. El Espíritu se engendra en ti pero retienes los límites de tus actos pegados a tu cuerpo. Consumes las embestidas orgánicas monopolizándolas en uno u otro centro. En lugar de abrirte para que el Espíritu fluya libre a través, te aferras y lo engulles dentro de ti.

“No me abro al amor sino que me cierro en el miedo” –se dice el mozo con voz mortecina. “Eso, abrirse a la muerte y no cerrarse en la vida” –se dice la chica azuzándole el cigarro apagado con una cerilla encendida. El primero que llegó descubre el Tercer Tiempo. Y lo une al Segundo y al Primer Tiempo. “Ha levitado del mundo denso. Y luego ha reculado hasta posar sus pies en el cielo…” –balbucea maravillado- “…sostiene y da lugar a su mundo”. Recogemos las cartas y abandonamos el sofá. Los tres muchachos devuelven los cojines y pasan a sentarse donde nós estaba. Cambio el disco. Recojo el plato, traigo más vasos y sirvo vino. Abro las ventanas y, en el otro extremo, las del patio interior. Una corriente aparece pronto ventilando la habitación. La chica pregunta en voz alta: “¿Cuáles son los Tres Tiempos?”. Así es como nós le habla.

El Primer Tiempo empezó en un momento. Aquél momento. Y, desde entonces, viene deviniendo. El Segundo Tiempo se pulsa, fuera del devenir, como un latido centrípeto, sin avance ni retroceso. Del Tercer Tiempo surgen materia y pensamiento, pues son latidos centrífugos que generan un multiverso de cristal, vacío y entretejimiento.

“Y nosotros” –inquiere el primer chico- “¿dónde habitamos?”. “En el cuerpo de la Gran Madre, somos bichitos de un bicho mayor centelleando minúsculamente en el cuerpo del Gran Padre Universo” – se adelanta la chica. Y canturrea- “Supercúmulo de Virgo, Grupo Local, Vía Láctea, Sistema Solar, planeta Tierra”. “Me refiero de los Tres Tiempos” –insiste aquél. El último en llegar interviene: “El Kosmos es una porción del Kaos a la que le hemos restringido, muy notablemente, el grado de entropía, de desorden… La vida transcurre en la configuración del orden, y la muerte fuera de ella.”. “Sí, en la medida que conocemos, ordenamos o envasamos y materializamos cosmos a partir de kaos, pero…¿dónde habitamos de los Tres Tiempos?” –reinsiste impotente.

Nós se ha relajado oyendo las voces. Tú has soltado nuestra comunión y presencio tu distanciamiento en tanto recupero la moldura de mi identidad. He bajado un cojín al suelo y nos hemos sentado con las piernas cruzadas. Callas. Yo les hablo así.

El proceso de nuestro ser se manifiesta en esos Tres Tiempos. Nacimos y estamos trazando una línea de tiempo. Vibrando instante tras instante somos el tiempo propagándose en círculos concéntricos. Hacemos fluyendo en una espiral, dextrorsa o levógira, hacia la superficie o hacia el fondo, del tiempo.

“Bueno” –me detengo de pronto resuelto- “es hora de marcharse”. Apuran vasos y colillas, se despiden y salen del piso armando gran revuelo. Abajo, escucho la puerta metálica resonando en el vestíbulo de la escalera. Vuelvo a abrir las ventanas y a observar la corriente. Pienso en la Gran Muralla, últimos puntos registrados por los telescopios en el colmo del universo. En su forma de membrana celular que envuelve nuestro kosmos y lo separa, o mantiene a flote, de un mar de negra nebulosa.  Sombras para nuestros ojos. Bajo persianas, apago luces. Atravieso el pasillo y en el baño cepillo los dientes. Nos sentamos en el borde de la cama y nos detenemos unos segundos. Apago la lamparilla de la mesita y un suspiro nos infla y luego suelta el pecho.

“Buenas noches” –te musito. “Gracias” –me concedes. Nos dormimos como abrazados, yo recapitulando y proyectando la propuesta-orden para mañana y tú navegando y relacionando las potencias de los tres aprendices.

17/06/2008

creyentes y laicos, del Imperio y de fuera

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 10:32

Seguirán los creyentes del Imperio acudiendo a la parroquia a escuchar el sermón de su padre.
Seguirán los laicos del Imperio acudiendo a los centros comerciales a comprar la mercaderia o, simplemente, a mirarla.
Seguirán los creyentes de fuera del Imperio acudiendo a los centros sociales a prestarle su voz al espíritu.
Seguirán los laicos de fuera del Imperio reuniéndose en asambleas organizando la lucha.

08/06/2008

a través

Archivado en: 4 impasse — Etiquetas: — Martín Santomé @ 19:43

28/04/2008

ya sin mí

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 12:30

Durante treinta años se ha engendrado, solapado a mi cuerpo orgánico, un monstruo. Le he contemplado día a día abordándome hasta conquistarme. Y,  sabes, el catorce de julio de este mismo año, me asesinó.

023nomiedo

.

27/04/2008

retorno eterno

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 12:29

Me he alejado, he ido allí donde mi corazón me lleva. No comulgo ya, por mera distancia, con ninguna parroquia, apenas siento lo que mis semejantes, y yo mismo antaño, enseñan.

Sea como fuere, ahora, aquí, un dilema quiebra mi entereza: acepto menor intensidad y dejo que este mundo creado se disuelva o, incapaz de retomar un lugar en la aldea, me muero vencido por la pereza.

¡Por favor! ¡Qué truene pronto la voz que de las profundidades siempre me regresa!

.

la vida ese paréntesis

Archivado en: 4 impasse — Etiquetas: — Martín Santomé @ 11:25

.

.

.

-

curioso y en silencio yo me espío
a ver si la esperanza cicatriza
o si las servidumbres se desmandan
o si el secreto a voces me concierne
como si nada.

-

.

.

.

-

propietario desconocido

-

.

La mente humana

debe sumirse

en la consciencia colectiva

sin perderse 

.

23/04/2008

abisero

Archivado en: 4 impasse — Etiquetas: — Martín Santomé @ 12:36
-
.
Abisero
.
-
TENGO FRÍO JUNTO A LOS MANANTIALES.
HE SUBIDO HASTA CANSAR MI CORAZÓN.
HAY YERBA NEGRA EN LAS LADERAS
Y AZUCENAS CÁRDENAS ENTRE SOMBRAS,
PERO, ¿QUÉ HAGO YO DELANTE DEL ABISMO?

BAJO LAS ÁGUILAS SILENCIOSAS,
LA INMENSDAD CARECE DE SIGNIFICADO.

-
.
.
.

14/04/2008

r-eVolución

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 12:12

Podría permanecer anclado en una cierta forma de percibir y percibirme. Puedo levar el ancla y, digamos, en un tono ligeramente épico lisérgico prosopopéyico, navegar, como un loco.

Necesitaría no haberme comportado con tamaña estupidez para estar menos entoxicado, o envenenado en cuerpo hoy. Necesito haber y, digo, en un tono muy épico lisérgico prosopopéyico, volar, como un cuerdo.

13/04/2008

eterno retorno

Archivado en: 4 impasse — Martín Santomé @ 12:11

Era otoño. Lo recuerdo porque el camino que sube hasta la biblioteca municipal estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo mis pisadas. Era el ocaso y las farolas inundaban de luz mi mirada, y apenas distinguía brillo alguno en una bóveda celestial turbia y ofuscada. Volvía, con la ropa sucia y la cantimplora seca, del desierto. Fino polvo de estrellas aún se desprendía mezclado con el hedor de mi cuerpo. Y como diminutas polillas se espolvoreaba en el ambiente con mis espavientos.

Ya dentro, un gran ventanal en la fachada de la biblioteca me devolvía el reflejo de mi rostro leyendo en el prólogo de la Gaya Ciencia: …una voz que te llama, cuando es el momento de regresar, y te retorna desde las profundidades…. Abajo, tras el vidrio, la polys quieta, en latente vibración, sobre un viento de physis en movimiento.

¡No más retornos! -grité quebrando el manto de silencio. O sí… -me sonrió alguien sentado también junto al ventanal, al tiempo que me alzaba su dedo índice ante sus labios. ¡No! -insistí para mis adentros dejando el libro en un carrito y saliendo de la biblioteca: ¡esta vez un puro nacimiento!

.

Blog de WordPress.com.