“Todo va a ir bien.” –susurras y te callas. Ambos permanecemos en silencio. En realidad, no esperamos nada. Estamos callados y contemplamos, mero, el existir, un existir. Un bostezo nos infla y suelta luego el pecho. “Sí” –digo al fin- “todo está bien como está.”. Cierro el libro que leíamos caído en nuestro regazo. Lo devuelvo a la estantería. Atravesando el pasillo, entro en el baño a cepillar los dientes. Apago luces, bajo persianas. Nos sentamos un momento en el borde de la cama. Apago la lamparilla sobre la mesita. Nos arropamos en una compulsión.
Cuando se desvanece y quedamos bajo las mantas, abrazados a la almohada vertical entre las piernas, oímos un televisor, ensordecido a través del tabique, un magazín nocturno de esos con público efusivo y algarabioso. Me preguntas por los personajes del show, tratando de atinar a reconocer el tono de sus voces. Yo rehuso tu juego inquiriéndote por los vecinos, si estarán tumbados con la televisión en los pies de la cama o sentados en el sofá del salón. No me respondes. Nos dormimos sin despedirnos.
Tus espavientos resuenan como ecos en la cúpula de mis cielos. “Eh! ¡Va, despierta! ¡Mira qué tiempo!” Sabes perfectamente cuánto odio interrumpir mi sueño. Por eso me excita tanto que me despiertes de ese modo. Entonces, cuando sucede, -no que yo me advengo de nuevo, inmigrando en la vigilia, sino que tu me creas, me naces allí- sé, intuyo, aguardo algo de ti, de tu mundo, por siempre onírico y energético, presentado para mí en instante único e irrepetible, justo como éste en el que me zarandeas y me llamas y yo disuelvo esa cierta membrana que sin vigilia me insensibilizaba. Despierto, “Buen día…” voy balbuceando mientras enfoco y miro. “… ¡Nada!” –sentencio defraudado antes de liberar el enfoque y despegarme pesado. “¡Exacto!” –clamas tú victorioso. Y completas tautológico- “hemos aparecido en el mismo lugar, de nuevo. Pero, también de nuevo, no en el mismo tiempo.”
Con tanta chispa has amanecido hoy que te has encargado de meterme en la ducha, de afeitarme, de vestirme, de prepararme y comerme el desayuno, de calzarme el maletín y la tarjeta de autobús en las manos, de llevarme a la parada, de cantarme una nana mientras yo me agarraba con elástica firmeza a la barra del bus, de caminarme ligero y salvo hasta la oficina y, una vez dentro, hasta mi puesto, de encenderme el pc, de desparramar mis papeles sobre la mesa e incluso, por lo que te estoy muy agradecido, de encenderme este cigarro que estamos fumando y prepararme esta taza de café que estamos bebiendo. “Eres bienvenido…” –me concedes desvaneciéndote como una estela de barquito en la mar. “¿Qué hay gente!” –se oye el toque de atención del coordinador desde el pasillo –“en diez minutos comenzamos la reunión, ¿sí o sí?”. “A las ocho te veo, chao.” –te digo. Y ya no sé si había alguien conmigo o si me despido de mí mismo.
Apareces aún sin esperarte. Te interesas por mi día, me preguntas qué ha sucedido en la reunión. Te pido ayuda para recoger rápido mi mesa. No quiero hablar y te ignoro. Pero tú no necesitas mis palabras para saber. Te basta con enterarte buceando entre mis recuerdos. Lo haces con dedicación y ahora soy yo quien va cantando “adiós, ¡buen fin de semana!” sacándonos de la oficina, y quien nos mete en el autobús, y te deja husmear en mi memoria mientras vuelo por las aceras, compro viandas y vino en el colmado, extraigo el papeleo del buzón, me deshago del maletín y del uniforme, apago el móvil, dispongo las viandas en la mesita del comedor, prendo una vela, descorcho la botella de vino, conecto el reproductor de audio, alzo el vaso y brindo por ti, por mí, por nosotros y por seguir vivos, alegrándome porque no es poco. Y me planto equilibrando mi tronco sobre el plexo. Y un suspiro, con mucha carga de desaplomo, evacua de mí un pesar tóxico.
“¡Vaya reunión! Qué descubrimiento tan revelador ¿no?” –irrumpes de pronto. “¿Ya has decidido si aceptarás?” –continúas sin tacto ni miramiento ninguno. “Sabes que no tengo más remedio, parece una propuesta pero es una orden” –trato de hacerte entrar en razón. “¡Claro, el señor, el padre, el rey no tiene más remedio y desempeña la irrisión y establece su férula! Ocuparás aún más de nuestro tiempo. Apenas ahora ya me dedicas, y con ese contrato habrán semanas enteras…”.
Tienes razón, lo sé. No niego. Cuando me enchufo el uniforme y el maletín te desaparezco. Entra mi mundo en la urbe laboral y en ella se achata y se isola. Y vengo haciéndolo en exceso. Pero esta nueva oportunidad significa acceder a una plataforma superior. Cómoda, segura y poderosamente instalado allí podré liberar y compensar por todo este otro tiempo. “Florecerte espina a espina, pétalo a pétalo…” –te susurro y te busco la boca y te señalo. Pero no te amedrentas, “¡qué? te parece bien?” –me vacilas dirigiendo nuestra atención, unificada, al plato y al vaso. Comemos, bebemos y oímos la música en silencio. En las pausas o vacíos del disco o de nuestro masticar oímos sordo a través del tabique el televisor vecino y reímos y giramos unas décimas levógiras la rueda del control de volumen del audio y tañemos nuestras muelas y desgarramos con nuestros colmillos, si cabe, aún más despacio.
Pican a la puerta. Me extraigo del estado emocional en el que nos mecíamos. Aparto el plato, doy un buche al vaso y con la manga me seco las barbas. “¿Quién es?” –preguntas muerto de la curiosidad. “Shhh!” –te reprocho- “¡no han de oírnos dialogar!”. Espero tras el marco unos segundos. Vuelve a sonar el timbre, esta vez con la cadencia de la señal, tres pulsos seguidos de una pausa y un último. Abro sin mirar y regreso al sofá.
Se ha sentado en el suelo, arrimándose un cojín plano. Te ha saludado y te ha pedido consuelo. Has cogido tus cartas, se las has pasado, él las ha barajado y tú le has indicado escoger varias para construir tu oráculo. Ahora te mira, esperando la interpretación. Tú tienes miedo. No consigues ponderar los sentimientos y la mezcla de luz no llega en momento alguno a constituirse mezcla exacta, blanca. Sigues trabajando en ello, rastrilleando entre las formas de colores. Yo me distraigo dotoreando la espera al otro lado de la mesita. Sin que puedas impedírmelo, le ofrezco vino. Él acepta y bebe tranquilo. Me haces muecas disgustado. Y no te falta razón, tú, en la oficina, nunca apareces. Bastante haces con permitirme, aquí en tu otredad, tu compañía. Pero aún cometo otra pillería, le manoseo su bolsita de María. Él diligente ofrece y yo acepto. Clavas un rayo de luz en nuestra percepción y dispersas por un momento la membrana de significantes, disolviendo mi conciencia en un coloide donde la fase continua son los antiguos referentes y la dispersa los viejos significados. Sin embargo tienes que seguir construyendo la Palabra que te espera y devuelves pronto la matriz a su sitio. Creando de nuevo la gota donde me percibo. Te pido perdón con disimulo y nos serenamos mientras lío el cigarro. Prendo, como gesto de reparación, una barrita de incienso. Una brizna de humo se desprende de la punta y se aspira hacia el cielo. Tú, entonces, entre los hilos del viento ves la cara y los ojos que te aguardan. Y así les hablas.
Fuiste Bautizado. También eres firmante del Contrato Social. Tu alma pende de la Iglesia y tu cuerpo del Estado. En ese redil paces anonadado.
Abro los ojos como platos. Él, oyendo tus crudas palabras, aún los abre más. Se activan turgentes todos y cada uno de sus músculos horripilantes. Pidiéndome sumarme a ti, generas una corriente de unión y convergemos en nuestro entrecejo. Yo, saltándome el barbecho epistemológico y la brecha ontológica, me disuelvo, como un azucarillo en una taza de té, en tu, ahora ya sí, blanca energía orgónica. El chico clava su mirada en nuestra frente. “Dime, ¿quieres zarpar?” -retumba gutural nuestra voz en el salón. “¿De dónde? –pregunta angustiado. “De ti” -le respondemos. “¿A dónde?” –quiere saber. “A ti” –zanjamos. Recogemos las cartas justo a tiempo. Suena la señal. Los cuatro agudos timbrezazos desequilibran al chico. Polarizamos para neutralizarle el susto y le dejamos sosegado con la espalda recta. Vamos a la puerta, la abrimos sin mirar y regresamos al sofá.
Se ha sentado en el suelo, arrimándose otro de los cojines. Nos ha saludado a los dos, primero a nós y luego al chico. Ha pedido consuelo. Le hemos dado las cartas, las ha barajado y habiendo escogido algunas espera la construcción del oráculo. El chico y ella se miran apaciguados. “Dice que pendo de la Iglesia y que pazo en el Estado” –comienza él. Ella descubre la bolsa de María y pregunta “si puede”. Asiente el mozo con la mirada. Ella procede. “Sí” –le habla al muchacho, controlando con un ojo si nos parpadea el entrecejo. “Cuatro billones de humanos y humanas han sido criados en el último siglo dentro del Imperio. La humanidad se ha multiplicado por tres en menos de cien años. Todo articulado por el sistema de economía-mundo capitalista. Ni te culpes ni te fracases ¡aprovecha el tiempo, libéralo!¡despierta!¡huye! ¡Si quieres y puedes!”. Ambos se quedan en silencio. Él hirviendo en pensamientos y ella en pleno directo, atenta en aprehensión de fuego. Nós canaliza la palabra del oráculo, advierte a la chica sosteniéndole las muñecas. Y así le habla.
Rasgaste la pintura del dorso del espejo. Liberaste tu ego y despertaste tu eco. Ahora puedes ver, pero ves doble, delante y detrás del cristal. Te atormentas confundiendo voces con reflejos. Acepta la muerte y, junto a la vida que ya tienes, tendrás el resto.
La chica sonríe y toma nota de las palabras adornando el papelito con curvo ornamento. Codo con codo, el chico remueve el cocido de sus pensamientos con los ojos enganchados a la trayectoria del bolígrafo. Así los tres hacemos el momento.
Nós, escuadriña los Tres Tiempos, esperando que el chico descubra que la chica está en Dos Tiempos y no en Uno como él. Pero le miramos y, por el momento, percibimos más claras las erupciones de su caldo de pensamiento que su visión mirando al Segundo Tiempo. Ella, abierta en los Dos Tiempos, no espera, sino se hace instante de tiempo. Suena la señal. Tres y una vez el timbre. El chico abraza cálido a la chica, “¡Es la señal!” –se excusa acogiendo con gusto, en vez del reproche arisco, la mayor amplitud del abrazo. Nós va a la puerta, abrimos sin mirar y regresamos al sofá.
Ha besado nuestra mano, luego los labios de la chica y por último la frente del muchacho y, arrimándose un vaso de la cocina y un cojín, se ha sentado en el suelo. Sin pedir, ni mediar palabra, se ha servido vino, ha picoteado del plato y ha separado una pizca de María y otra de tabaco. Ha acercado las cartas para que nós las hiciera un fajo y nos las ha retirado para escoger varias. Las ha colocado boca arriba ante nós y se ha quedado masticando, bebiendo y fumando.
La chica le prende el vaso de vino y le explica: “Me ha dicho que debo morir para completar mi vida y conseguir el resto”. El primer muchacho, por un momento súbito, percibe en la energía proyectada de la chica, el Segundo Tiempo y, volviéndose hacia su caldo de pensamiento, lo retira del fuego y lo aparta junto al viento, matiza convencido: “Ha dicho, aceptar la muerte, no morir.” y se lía glotón a deglutir su primer guiso de pensamientos. El recién llegado sonríe a los muchachos y alarga su cigarro y lo ensarta entre nuestros dedos. Sonreímos y tomamos una calada a fin de devolvérselo. “Sí“ –comienza dirigiéndose a la chica pero pendiente de su propia espera señalizada en nuestro entrecejo- “has estado toda tu vida encerrada en un plano mental, necesitas paciencia y experiencia para desentumecer el resto de tu cuerpo. Tarde o temprano el Espíritu habrá de manifestarse mediante tu crecimiento. Aceptando la muerte fruncirás una brecha, la que ahora separa vida de muerte, y obtendrás simultaneidad donde antes poseías secuencialidad.”. El mozo sacude el antebrazo emulando el fluir de una serpiente que muerde en dirección a ellos. Primero la chica y luego el chico tras de ella, reciben sendos latigazos electromagnéticos. Ambos protestan sorprendidos. Nós ha armado la Palabra y no prolonga más la espera. Cimbrea la atención del mozo y este se concentra. Así le hablamos.
Has levitado del mundo denso. Y has reculado hasta posar tus pies en el cielo. Sostienes y das lugar a tu mundo. El Espíritu se engendra en ti pero retienes los límites de tus actos pegados a tu cuerpo. Consumes las embestidas orgánicas monopolizándolas en uno u otro centro. En lugar de abrirte para que el Espíritu fluya libre a través, te aferras y lo engulles dentro de ti.
“No me abro al amor sino que me cierro en el miedo” –se dice el mozo con voz mortecina. “Eso, abrirse a la muerte y no cerrarse en la vida” –se dice la chica azuzándole el cigarro apagado con una cerilla encendida. El primero que llegó descubre el Tercer Tiempo. Y lo une al Segundo y al Primer Tiempo. “Ha levitado del mundo denso. Y luego ha reculado hasta posar sus pies en el cielo…” –balbucea maravillado- “…sostiene y da lugar a su mundo”. Recogemos las cartas y abandonamos el sofá. Los tres muchachos devuelven los cojines y pasan a sentarse donde nós estaba. Cambio el disco. Recojo el plato, traigo más vasos y sirvo vino. Abro las ventanas y, en el otro extremo, las del patio interior. Una corriente aparece pronto ventilando la habitación. La chica pregunta en voz alta: “¿Cuáles son los Tres Tiempos?”. Así es como nós le habla.
El Primer Tiempo empezó en un momento. Aquél momento. Y, desde entonces, viene deviniendo. El Segundo Tiempo se pulsa, fuera del devenir, como un latido centrípeto, sin avance ni retroceso. Del Tercer Tiempo surgen materia y pensamiento, pues son latidos centrífugos que generan un multiverso de cristal, vacío y entretejimiento.
“Y nosotros” –inquiere el primer chico- “¿dónde habitamos?”. “En el cuerpo de la Gran Madre, somos bichitos de un bicho mayor centelleando minúsculamente en el cuerpo del Gran Padre Universo” – se adelanta la chica. Y canturrea- “Supercúmulo de Virgo, Grupo Local, Vía Láctea, Sistema Solar, planeta Tierra”. “Me refiero de los Tres Tiempos” –insiste aquél. El último en llegar interviene: “El Kosmos es una porción del Kaos a la que le hemos restringido, muy notablemente, el grado de entropía, de desorden… La vida transcurre en la configuración del orden, y la muerte fuera de ella.”. “Sí, en la medida que conocemos, ordenamos o envasamos y materializamos cosmos a partir de kaos, pero…¿dónde habitamos de los Tres Tiempos?” –reinsiste impotente.
Nós se ha relajado oyendo las voces. Tú has soltado nuestra comunión y presencio tu distanciamiento en tanto recupero la moldura de mi identidad. He bajado un cojín al suelo y nos hemos sentado con las piernas cruzadas. Callas. Yo les hablo así.
El proceso de nuestro ser se manifiesta en esos Tres Tiempos. Nacimos y estamos trazando una línea de tiempo. Vibrando instante tras instante somos el tiempo propagándose en círculos concéntricos. Hacemos fluyendo en una espiral, dextrorsa o levógira, hacia la superficie o hacia el fondo, del tiempo.
“Bueno” –me detengo de pronto resuelto- “es hora de marcharse”. Apuran vasos y colillas, se despiden y salen del piso armando gran revuelo. Abajo, escucho la puerta metálica resonando en el vestíbulo de la escalera. Vuelvo a abrir las ventanas y a observar la corriente. Pienso en la Gran Muralla, últimos puntos registrados por los telescopios en el colmo del universo. En su forma de membrana celular que envuelve nuestro kosmos y lo separa, o mantiene a flote, de un mar de negra nebulosa. Sombras para nuestros ojos. Bajo persianas, apago luces. Atravieso el pasillo y en el baño cepillo los dientes. Nos sentamos en el borde de la cama y nos detenemos unos segundos. Apago la lamparilla de la mesita y un suspiro nos infla y luego suelta el pecho.
“Buenas noches” –te musito. “Gracias” –me concedes. Nos dormimos como abrazados, yo recapitulando y proyectando la propuesta-orden para mañana y tú navegando y relacionando las potencias de los tres aprendices.