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“frías las manos y el corazón del viajero alejado de su región
no puede encontrar la vereda con el sol escondido tras la luna muerta”
Mi más único propósito, se decía, es trepar los muros. Alcanzar el brocal. Escalarlo también y sacar la cabeza. Otear desde allí. A éste propósito se había comprometido en los albores de su adolescencia y anhelaba cumplirlo en los de su adultez. A la edad en que ejecutaron a Jesús el Nazareno, poco más o menos. Se imaginaba que la panorámica sería completa: 360 grados. Y su cuerpo ya hecho; su voz ya afinada en su propio tono; el abrazo de Papá. La Verdad.
Él no se permitía encandilar con el brillo de la iluminación. Se quería creer él que ansiaba subir no atraído por la luz. Sino para poder ver. Además, se salía del redil y se alejaba del rebaño no por desconfiar del pastor y del amo sino por querer creer en la existencia del exterior. Y dejarse guiar, o gobernar por la innata e implícita curiosidad del humano. Prefería considerar su azaña como inevitable. Creía querer abrazar la lucidez tanto como una madre puede querer acariciar los cuerpecitos de sus retoños. Por amor. Y por supuesto, por estupidez. Infinita, nacida, intrínsecamente, del humano.
Afortunadamente para él, el propósito se cumplió encajado en el plazo previsto. Como, a medida que lo ultimaba, se olía que su periplo daría para una novela, llegó a plantearse pararse. Retrasar la culminación -con la excusa, a lo romántico, de mantener la tensión narrativa correlacionada con su tensión vital- del ascenso. Venció esas perezas y culminó. Se asomó. Oteó. Aguardó el abrazo de Dios.
Desgraciadamente para él, un hombre nacido a mediados del siglo XIX en centro europa, considerablemente enojado a raíz del cauce que la historia -y él a martillazos la derrocaba- había tomado, asesinó a Dios. Quizás no fueran sus manos las autoras del crimen. Pero sí su voz la que más alto y claro lo pregonó.
Sintiéndose una mijita abandonado allí en el repecho de su escalera humano-divina particular contempló. Cualquiera se vuelve por donde he venido, pensó.
Trepé y eso no ha sido poco, se dijo al fin. Aquí esperaba yo la palabra de mi padre. Resulta evidente ahora no viendo a nadie lo vano del deseo. Cualquiera se vuelve por donde he venido, volvió a pensar. No queda otra posibilidad, dedujo. Yo soy Dios.
Hasta aquel momento, yo había permanecido ecuménico. Cualquiera decisión que él tomara, cualquier atuendo con el que se vistiera, cualquier paso que diera no me extraía de mi mera observación. Mi ninguneo velaba su libre arbitrio. Sin embargo, aquélla ontología que quería crear, desde aquél aleph de burbujas al que había arribado, me pareció agresiva para con lo inefable: Yo.
Intervine y le aclaré que de ningún modo él podría ser Dios. Le rogué que se mirase y comprobase como aún estaba sudando. No, no el mismo Dios que debía perdonar a aquellos que no sabían lo que hacían cuando ejecutaron a Jesús el Galileo en la cruz.
Por lo pronto él se percató antes que yo de la situación. Mi súbita aparición le sacó de su ilusión. Jodeté!, declaró casi enojado por la desilusión, tú eres Dios. Admito que sus palabras me sentaron como una patada mágica. Desperté de golpe. Yo era Dios. Guau! Fue maravilloso.
Permanecimos unos instantes latentes. Él considerando su desencanto y el nuevo yugo que se le aparecía de un padre que no daba abrazos e incluso que ni siquiera sabía quién era él mismo. Yo por mi parte lo recuerdo como una pequeña muerte. Como un despertar limpio, ingrávido. De nuevo fue él quien interpretó antes la situación: no! tú has venido conmigo!, gritó confuso, cuando he llegado nadie había!.
Conozco lo beneficioso que resulta anticiparse al enemigo. Esto último, que éramos enemigos, lo deduje yo. Tú eres el diablo y yo soy dios, le solté adelantándome a sus conclusiones.
Dios está muerto, zanjó él.
Cualquiera se vuelve por donde has venido, terminé yo.
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