AtaraxiA FreaK

18/05/2008

exponerse, decidir, crear, sentir.

Archivado en: S13 — Etiquetas: — Martín Santomé @ 21:53

.

.

.

.

.

” Después de que Buda hubiese muerto, todavía se enseñaba su sombra durante siglos en una caverna, una sombra enorme y espantosa. Dios ha muerto, pero tal como es la especie humana, quizá durante milenios todavía habrá cavernas en las que se enseñe su sombra. Y nosotros, ¡también nosostros tenemos que vencer su sombra!.

-

” Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente.”

…Esto significa que la necesitamos (a la sabiduría) para vivir y para actuar, no para apartarnos cómodamente de la vida y de la acción cobarde y mala.”

.

” Previendo que dentro de poco habré de presentar ante la humanidad para exigirle lo más duro que se puede exigir, considero indispensable decir antes quién soy. En realidad ya habría que saberlo, pues no he cesado de dar testimonio de mí.

…Vivo de la confianza que tengo en mí mismo, aunque afirmar que vivo no sea tal vez más que un prejuicio. No tengo más que hablar con alguna de las personas cultas de las que vienen a veranear Alta Engadina para llegar al convencimiento de que no vivo. En tales circumstancias tengo un deber contra el que se rebelan mis hábitos más arraigados y más aún mi orgullo instintivo, que me obliga a decir: ¡Escuchádme!; yo soy de esta y de aquella forma.¡Sobre todo no me confundáis con otros!”

.

” ¿ Como iba a poder soportar yo mi propia humanidad, si el hombre no fuera al mismo tiempo poeta, descifrador de enigmas y redentor del azar? Para mí, redención no sería otra cosa que redimir a los que fueron y transformar todo ‘fue’ en un así lo quise yo”

.

” Yo soy belicoso por naturaleza. Atacar es en mí algo instintivo. Poder ser enemigo, ser enemigo supone quizá tener una naturaleza fuerte y en cualquier caso es lo que se da en toda naturaleza fuerte. Esta necesidad de que se resista a ella, y en consecuencia, lo busca. La inclinación a la agresividad forma parte de la fuerza del mismo modo necesario en que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte de la debilidad.”

.

.

.

Que nunca son tan altos mis vuelos, ni tan hondas mis caídas al valle.

1.
Sí. Templadito se me queda el corazón.

Tengo repleta de ganja una lata de esas de galletitas danesas, como las que nuestras madres reciclaban para los avíos de la costura. Y aún, en el bunker, he acaparado otra lata y más, un bote de medio kilo de cristal también a rebosar.  El bote hubo contenido miel. ¿No continúa envasando nectar embrionario, fuente de vida?

Es igual. No, hoy, voy corto.

El polígono industrial duerme. La oficina está, allá, a oscuras. Me parece que si me curo con la hierba las cadenas me apretan menos. Aunque sigan estando. La lengua se me seca y los pensamientos se me desarbolan. Templado. Si no mi rabia -que no es sabia, sino impotente, cobarde y conziente- me lo rompería. El corazón.

Los blancos morimos mucho, cardiacamente hablando, de insuficiencia espacial en nuestras entrañas. Dado que vamos, en las horas punta y en las no puntas, siempre con el corazón a tope, y este es un músculo, nos crece. Mucho. Demasiado. Incapaz de ceder, de abrirse, de ensancharse nuestro pecho, me reportajeaba mi hermano, el corazón acaba por joderse.

¿Templado tienen el corazón los conejos paciéndose los bigotes, con el pecho caído sobre las cuatro larguiruchas pezuñas, tras las jaulas de las conejeras, no?

¿Y qué!? El cuento, excusa, pretexto, autojustificación, ladrillo reposa culos de que “cada uno tiene lo que se merece” no merece, al menos por mi parte, crédito ninguno. Es un latiguito más. De entre esos que me fustigan, día sí, día también, mi espalda.

Convencerme de que vivo lo que me pertoca y de que hay hombres (y pocas mujeres) que viven en tanta libertad que su virtud les crece tanto que les permite todo; justamente, viven opulosos ellos (y las pocas ellas), para que yo, habida mi libertad nula (libertad de consumir, de ociar en el patio del circo del espectáculo y, sobre todo libertad de producir producción ajena),  posea un lugar en el mundo. Por complementariedad, aseguran.

Necesitan los hombres altos (y las mujeres que hayan tomado como propio el modelo de patriarcado)  -que llaman virtud a la destreza en el arte de la “esgrima” del uno contra uno, ya con espada, ya con palabra, ya con acciones,… y que también llaman virtud al despliegue de puntillosas, afiladas, fieras atenciones para con el rebaño (los conejos)- de nuestra muerte en vida. No, obviamente, necesidad en el sentido de interés o de amor. Sino como negación infinita, inefable, esparcida en la negrura de nuestra miseria adonde clavar su fálico modelo de vida. Masa inerte adonde cimentar su atlante. Con el que construirse un lugar de poder. De dominación. Un radicoma de adonde brotar.

Como sostén estructural de su vida vivida. Viviéndose.

Yo me templo, otra vez, el corazón. Mejor me estoy quieto. Lefu.

Debe existir la muerte para que la vida tome conziencia de sí misma, no me cabe la menor duda.

2.
Yo me repito tanto en mis días que no puedo, en forma alguna, mantenerme en mí. Desaparezco de mí. Me aburro de esperarme. Tengo bloqueado el acceso al exterior. Una personalidad, meticulosamente instruida, formada, domesticada, educada me obstruye. Ella se amolda y se conecta al     sistema social, económico de mi circuito rutinario. Mi sonrisa es horizontal. Mis ojos están ligeramente cerrados y apuntan  cincuenta grados hacia abajo. Mis hombros caídos. Exluyendo las dosis de descargas orgiásticas -espectaculares- ya de rayos catódicos, ya libidinosos, ya lúdicos, etc… mi cuerpo duerme en vida.

Cuando trato de traspasar esa personalidad para salirme al mundo,  me reprime ese límite holográfico: frontera cerrada: “ésperate luego; ahora no hay tiempo; el jefe está mirando; tengo sueño; llego tarde; tengo que hacer; me falta para acabar”. Mi trayectoria vital es un punto inmóvil desde hace años. Como un punto de cruz atrapado en una maya de hilo blanco.

Siento circular a esos hombres que merecen la vida que les toca porque han nacido  dónde, adónde y cuándo debían, pisando el suelo en que mi cogote me mantiene inmóvil en estado de espera. En mi rutina semanal. Me corresponde (me toca, me merezco) balar en el redil no considerando la prontitud y cercanía de mi trayectoria educativo-socializativa-laboral. Por el contrario, el lugar que ocupo en el juego viene dado de mucho antes, aseguran.

Hay hombres, varones, que alcanzaron, conocieron, habitúan la libertad. Y en ella, nadan o surcan en lujosos yates.

Que los que les hacemos las toallas o les construimos los barcos estemos compuestos por tres cuartas partes de agua como ellos, pero que sea que a nosotros no se nos permite -entiéndase aparato represor policial-social o ejército de invasión- más que mojarnos, chapotear estúpidamente, apelmazados unos sobre otros en esa libertad. En esa mar.

Son motivos pues para conformarse en la butaca -para templarse- aquéllos que se formulan basados en que el “juicio”, o “ceremonia de entrega” de méritos, u “otorgamiento de poderes” divinos se realiza contemplando la vida de alguien tal cual “es”.

Pero visto desde lo alto, por los hombres altos, se considera vida de alguien otra cosa más que el trecho en el cuerpo (o dni) que ya ha hecho: la vida, mirada a esas alturas, se propaga allende la muerte. Y allí, justamente, se sostienen, se guardan, almacenan, la llaves que abrirían las cerraduras de los grilletes que ahora, cerrados, me atan al entramado metropolitano, único hábitat.

Dicen que nosotros, al despertar cada mañana, porque hemos pasado muchas horas dormidos, bien podríamos pensar que acabamos de nacer. Nuestro cuerpo, creciendo y madurando, nos recuerda que ya estuvimos nacidos ayer antes de ir a dormir y que por tanto ahora no podemos haber acabado de nacer y entonces esto se llama despertar. Y ahí nos quedamos nosotros. En la rutina mañanera.

Pero ellos, altos, los hombres -cuya virtud guía, orienta, moldea, sacrifica nuestra carne- hablan con el pasado suyo. Con sus recuerdos. Llevan viviendo en ellos más que nosotros en nosotros. Nos mantienen abajo porque recuerdan de sus otras vidas. Como si nacer en esta vida fuese despertarse por la mañana.

No me quedan muchas dudas. Hablo por como nos tratan. Yo jamás salí de la conejera. Si vi reflejado es porque miré los charcos, cristalinos, bajo los bebederos.

Ellos, cuando ya se hacen jóvenes,  y ya no son tan niños, dejan de creer que han nacido por primera vez en esta vida; comienzan a recordarse el alma. Se ven el alma. Y entonces se acuerdan que no pueden volver a nacer sino que ya habían estado nacidos. Y que sin olvidan al principio algunas cosas será debido a que se apagó la llama durante “una noche”. Pero ahora se volvió a encender. Y entonces a eso lo llaman iluminarse.

Cosa que los encadenados no pueden hacer. Porque para verse el alma hay que mirarse desde fuera hacia uno. Como saliéndose de uno mismo y volándose como un pájaro verse de pie en el camino. Y a fuera no existe porque los barrotes que encadenan impiden el fuera.

Yo veo que a lo que ellos se refieren cuando hablan de “que cada uno tiene lo que se merece según ha hecho en el pasado”  viene siendo la trayectoria vital -y mortal- de su cachito de “eso” durante su advenimiento y ulterior evolución partiendo, supongo del primer polvo, pacto, asociación de aquellas unidades mínimas de póiesis -lease “ser, y/o estar, vivo” adonde el palabro póiesis, y llámense “móneras” a las folladoras, o negociadoras, o talentosas particulitas de vida cuya reproducción, sistematización y autoafirmación hoy, ahora, hic et nunc, somos “nosotros”, expresión en instantánea- y arribando, como lo hace el pasado a cada instante en nuestro cogote.

Casi imposible no imaginarme, otra cosa no hace un reo, al tiempo pasado en libertad, como un mar, que es océano, cuyo oleaje, insistente, mecido por el magnetismo selénico, me rompe a lo largo de las costas, y arrecifes, de mi cordura, aquí, tan cuerda mi cordura, por encima del pasado, plantándole cara al futuro. Seca.

3.
Sea mi palabra esta que ahora doy.

Diga mi palabra entonces que mi muerte tiene día. Diga mi palabra también que si se quiere localizar en el calendario gregoriano se busque en la parcela del 14 de julio de 2008. Si luego, orgánicamente, sigo tramado, sigue este corazón latiendo, no me diré yo.  Sino otro.

Diga mi palabra que sea el Humito un aliado que yo ya tengo en mi pecho. Diga mi palabra que ella se da, que sea que mi palabra se dé: jurar.

Mi palabra jura cuidarse del humo.

Cuidarse, activamente.

4.
Son, han sido, mis mayores cotas en la investigación, siempre vanas. El hallazgo que más he durado en procelar no ha sido secreto, misterio o entuerto alguno. Simple avistamiento de “ lo un poquito retirado”.

El problema es que nací ya en cautiverio. Y si bien es cierto que he hallado algo de mi animalidad, de mi salvajidad brotando en mi corazón o mi pecho, más cierto es que jamás tuve espacio ni tiempo para manifestarlo. La vara, la pistola, la descarga, la multa, la sanción estrechaban el círculo.

Donde yo nací, la memoria histórica, no hablo de su contenido, si no de la posibilidad de concebirla, no existía. Nada que matizar de lo recordado. Ni siquiera existía el recordar. Cuando yo miro hacia atrás, el vacío, como en el presente, me envuelve.

Así, domado en la desinformación, formado y adoctrinado para la producción ajena, resisto mediante evasión. Tanto con hachís como con literatura, no siempre novelesca, ni siempre política, ni policiaca, ni continuamente intelectual. Personales, me atrevería a adjetivizar. Escrituras adonde el sujeto escritor, aun no en primer plano, sí se encuente presente en la obra.

Yo busco en basuras que ya han pasado algún proceso de reciclado. Hablo a partir de remiendos. Nunca me hago vestidos bienformando preciosas telas. Jamás dispuse de un gran pedazo para recortar las piezas de mi traje.

A la postre, si voy desnudo no es porque, cínicamente, quiera malear o desalentar a los que acicalándose hallán consuelo, gloria y placer. Voy desnudo porque allá donde sirvo no nos dan para vestirnos. Y, además, se han adueñado de todo cuanto me rodea. Yo no poseo ningún título de propiedad y, por tanto, tampoco tengo derecho a la propiedad común ni a sus espacios.

Me muevo de un lugar a otro para evitar preguntas. Para evitar controles e inspecciones. Mientras no me registren, y no me adviertan, puedo alegar ignorancia. A la que me pesquen una vez, el vagabundear se acabó.

Muchos, libres, azuzan, en el burladero, a nosotros, los “por cuenta ajena”. Como si voluntariamente renunciásemos a nuestra libertad. No deben saber ellos que nunca la tuvimos. Por eso no renunciamos. ¿Cómo soltar algo que jamás se tuvo?

Este suelo es muy grande. Y muy chicos nuestros pies. Cada uno sobrevive como puede. Adentro de la empalizada. Sin lugar adonde no ser observado, grabado, vigilado. A pesar.

Algunos hablan de desinformación. A nosotros, abajo, no nos pueden “desinformar”. Nadie nos puede engañar. Ni falacias, ni embustes. Nada es creíble para nosotros. Lo único que pueden hacer, cuando no tienen, los de arriba, un sitio para nosotros, es ignorarnos. Esta “desinformación” únicamente es efectiva a cierta altura. Para aquellos que se creen que “el Rey va vestido”. La desinformación describe las formas y los colores de sus trajes. Abajo no vemos más que la piel desnuda del rey, ¿cómo quieren hablarnos de que si el traje es verde, rojo, azul o gris?

Hipócritas.

Aún no hay comentarios »

Aún no hay comentarios.

Canal RSS de los comentarios de la entrada. URI para TrackBack.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.